A pesar de nosotros, todo cambia a nuestro alrededor


Era finales del verano y el calor seguía pegando fuerte en el Ampurdán durante el día. A una de mis hijas, a una nieta de seis años y a mí mismo nos gusta echarnos cubitos de hielo en el vaso en esa época del año; en el primero y el último caso –para horror de los franceses que nos visitan–, mezclados con un poco de vino.Con la seriedad que la caracteriza, a pesar de su edad, mi nieta me soltó de pronto: “Abuelo, ¿por qué me quitas los cubitos de hielo del vaso? A mí me gustan”.

Tardé unos segundos en darme cuenta de lo que estaba pasando. A Alexia nadie le había explicado lo que los físicos llaman transición de fase –el cambio repentino de la estructura de la materia que puede convertir el cubito de hielo en agua líquida si éste se funde debido al calor–. ¡Estaba convencida de que alguien le estaba gastando la broma de esconderle los cubitos de hielo del vaso sin que ella lo notara! Claro, no iba a desaprovechar una ocasión como ésa para explicarle a mi nieta lo que era la transición de fase.

Me vino a la cabeza enseguida la anécdota que me había contado Tato en Bruselas la semana anterior. Tato había formado parte de mi equipo diez años antes –es una funcionaria excelente del Parlamento Europeo– y le preguntaba por la vida y milagros de su hija, a la que yo había conocido poco después de su nacimiento. “Mi hija ha entrado en la adolescencia, trece años, y voy de sorpresa en sorpresa, no siempre agradable”, me recalcó Tato. “Pues harás bien en no olvidar que la adolescencia es una crisis en el sentido literal de la palabra. Las madres tenéis tendencia a olvidarlo”, le sugerí. “Si te cuento la última, de la que todavía no me he repuesto, no te lo creerás. Fíjate, las madres hacemos turnos para llevar y recoger a las niñas del colegio. ¿Sabes lo que me soltó cuando ya estábamos solas en el coche al llegar a casa?: ‘Mamá –me dijo enfurruñada–, ¿por qué no haces como las demás mamás?’. ‘¿Y qué hacen las demás mamás que yo no haga?’, le contesté. ‘No hablan. Las otras mamás no nos dicen nada durante el viaje’.”

Gabriela tenía clarísimo que tal vez un día le interesara hacerse con el respeto y amor del resto del mundo, pero, de momento, lo único que le importaba era su pertenencia y solidaridad con el estamento de los amigos de su colegio, sus seguidores. Las repetidas intervenciones de su madre podían diferenciarla en exceso de los seguidores; su objetivo no consistía únicamente en no ser distinta al resto de su grupo, sino en ser exactamente igual, y no quería ni oír hablar de tener una madre distinta, más solícita y tal vez de carácter más latino.

Los dos recuerdos revelan algo esencial que tendemos a olvidar constantemente: todo cambia a nuestro alrededor –hasta la estructura de la materia cuando el hielo se funde o se evapora–, pero nosotros no queremos cambiar por nada del mundo: queremos que se nos confunda con el grupo adolescente al que pertenecemos y que nuestra madre sea idéntica a las demás. “Lo peor que me puede ocurrir –me decía el más inteligente de mis antiguos alumnos– es dejar de ser quien soy.”

Que mis lectores, por favor, me sugieran qué se puede hacer para adecuar la mente y el pensamiento de la gran mayoría a la realidad. Lo que viene nos va a desbordar si no asumimos que todo cambia, empezando por nosotros mismos.

Por Eduardo Punset - 2008.10