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LA ESTRUCTURA OCULTA


4. LA ESTRUCTURA OCULTA

50. La calidad insólita que parece hacer del fuego una fuente de vida. "Le Souffleur á la Lampe", óleo de Georges de la Tour.

Es con fuego que el herrero al metal domina
para darle bella forma, la imagen de su mente:
sin fuego no hay artista que al oro pueda dar
su más puro matiz.
No, ni el ave fénix incomparable puede
a menos que se abrase.

Miguel Ángel, Soneto 59


Lo que se forja con el fuego es alquimia, ya sea en un horno o en la estufa de la cocina.

Paracelso

Existe un gran misterio y una fascinación especial sobre la relación del hombre con el fuego, único de los cuatro elementos griegos que ningún animal habita (ni incluso la salamandra). La ciencia física moderna se ocupa intensa­mente de la fina estructura invisible de la materia, la cual fue penetrada primero con el afilado instrumento que es el fuego. Aunque tal método analítico se inició hace varios miles de años en procesos prácticos (por ejemplo: la extrac­ción de sal y de metales), es seguro que empezó debido al aire de magia que surge del fuego: el alquímico sentir de que las sustancias pueden ser cambiadas de maneras impre­visibles. Esta es la misteriosa cualidad que parece hacer del fuego una fuente de vida y algo viviente que nos conduce al inframundo oculto dentro del mundo material. Así lo ex­presan muchas recetas arcaicas.

La consistencia del cinabrio es tal que, a mayor temperatura, más ex­quisitas son sus sublimaciones. El cinabrio se convertirá en mercurio y, pasando a través de una serie de sublimaciones, se volverá a convertir en cinabrio, permitiendo así al hombre gozar de vida eterna.

Este es el experimento clásico con el que los alquimistas de la Edad Media imponían respeto a aquellos que les observaban, desde la China hasta España. Solían tomar el pigmento rojo, el cinabrio, que es un sulfuro de mercurio, y lo calentaban. El calor separa el azufre y deja una perla exquisita del misterioso, plateado y líquido metal, el mercu­rio, asombrando y pasmando al observador. Cuando el mercurio se calienta al aire, se oxida y se convierte, no (como indicaba la receta) en cinabrio de nuevo, sino en un óxido de mercurio que también es rojo. Empero, la receta no estaba del todo equivocada; el óxido se puede convertir de nuevo en mercurio, de rojo a plateado, el mercurio en óxido, de plateado a rojo, todo por la acción del calor. No se trata en sí de un experimento importante, aunque resulta que el azufre y el mercurio son los dos elementos que los al­quimistas anteriores a 1 500 d. de C. creían que componían el universo. Pero sí plantea algo importante, que consiste en que el fuego siempre ha sido considerado no como elemen­to destructivo sino más bien como elemento transformador. Esta ha sido siempre la magia del fuego.

Recuerdo una prolongada charla que sostuve una noche con Aldous Huxley, sus blancas manos al fuego, diciendo: «Esto es lo que transforma. Estas son las leyendas que lo demuestran. Sobre todo la leyenda del Ave Fénix que renace en el fuego y vive y revive una y otra vez, de generación en generación». El fuego es imagen de juventud y de sangre, color simbólico del rubí y del cinabrio, y del ocre y del hematites con que el hombre se maquillaba para las ceremo­nias. Cuando, según la mitología griega, Prometeo trajo el fuego al hombre, le dio vida y lo convirtió en un semidiós; por esto los dioses castigaron a Prometeo.

Desde un punto de vista más práctico, y según creemos, el fuego ha sido familiar para el hombre desde hace cerca de cuatrocientos mil años. Esto implica que el fuego ya había sido descubierto por el Homo erectus; como ya indiqué, lo hubo ciertamente en las cuevas del hombre de Pekín. A partir de entonces, todas las culturas han hecho uso del fuego, a pesar de que no se ha aclarado plenamente si todas ellas sabían cómo hacer fuego; desde el comienzo de la historia se ha encontrado una tribu (los pigmeos, en la selva tropical lluviosa de las Islas Andaman al sur de Birmania), quienes mantenían cuidadosamente los incen­dios espontáneos porque desconocían la técnica para hacer fuego.

En general, las distintas culturas han empleado el fuego para los mismos fines: para calentarse, para alejar a los de­predadores y desmontar bosques, y para realizar las transfor­maciones sencillas de la vida cotidiana, tales como cocinar, secar y endurecer la madera, calentar y partir piedras. Pero, evidentemente, la gran transformación que ayudó a forjar nuestra civilización es más profunda: es la utilización del fuego la que abrió la perspectiva a una clase totalmente nueva de materiales, los metales. Este es uno de los grandes pasos técnicos, un paso muy largo en el ascenso del hombre, que está a la par con la invención magistral de las herramien­tas de piedra; pues descubrió en el fuego un instrumento más sutil para desmenuzar la materia. La física es el cuchillo que corta la veta de la naturaleza; el fuego, espada llameante, es el cuchillo que corta por debajo de la estructura visible, dentro de la roca.

51. En cuanto el cobre esté sometido a tensión, por ejemplo, al estirarlo en forma de alambre, em­pieza a ceder visible­mente. El rompimiento del cobre ocurre por el deslizamien­to interno de los cristales antes de la fractura. Mag­nificación de 15 x.

Hace casi diez mil años, no mucho después del inicio de las comunidades agrícolas sedentarias, los hombres del Oriente Medio empezaron a utilizar el cobre. Mas el empleo de los metales no se generalizaría hasta encontrar un proceso sistemático para obtenerlos. O sea. la extracción de los metales a partir de los minerales metalíferos, que, según sabemos, principió hace bastante más de siete mil años, hacia el año 5000 a. de C, en Persia y Afganistán. Por entonces, el hombre puso al fuego una piedra verde, la malaquita, de la cual fluyó un metal rojo, el cobre. Afortunadamente, el cobre se libera a temperaturas moderadas. Reconocieron el cobre porque en ocasiones se encuentra en terrones superficiales, y en aquella forma ya había sido moldeado y trabajado durante más de dos mil años.

El Nuevo Mundo también trabajaba el cobre y lo fundía hacia la época de Cristo; pero se detuvo ahí. Sólo el Viejo Mundo hizo del metal el fundamento de la vida civilizada. De pronto, los límites de control del hombre se amplían grandemente. Tiene bajo su dominio un material que puede ser moldeado, fundido, martillado, forjado; que se puede convertir en herramienta, en objeto ornamental, en recipiente; y que además se puede devolver al fuego y remodelarse. Tiene solamente un inconveniente: el cobre es un metal blando. En cuanto el cobre esté sometido a tensión, por ejemplo, al estirarlo en forma de alambre, empieza a ceder visiblemente. Esto se debe a que, como todos los metales, el cobre puro está compuesto de capas cristalinas. Y estas capas cristalinas, cada una como una oblea cuyos átomos están dispuestos en forma de red, se deslizan unas sobre otras, hasta que finalmente se separan. Cuando el alambre de cobre empieza a estrecharse (o sea: se debilita) no es tanto que ceda a la tensión cuanto que falla por deslizamiento interno.

Por supuesto que el cobrero de hace seis mil años desconocía todo esto. Encaraba un complejo problema, consistente en que el cobre no puede ser afilado. Durante un breve período de tiempo, el ascenso del hombre estuvo suspendido en espera del siguiente paso: lograr un metal duro con filo cortante. Si esto parece mucho decir sobre un avance técnico, se debe a que, como descubrimiento, el paso siguiente es tan paradójico y bello.

Si planteamos el siguiente paso en términos modernos, lo que tenía que hacerse era francamente sencillo. Hemos dicho que el cobre puro es un metal suave porque sus cristales se ubican en planos paralelos que se desplazan fácilmente entre sí. (Puede endurecerse bastante martillándolo para romper los cristales grandes dejándolos dentados.) De lo anterior se deduce que si introducimos algo arenoso en los cristales se evitará el desplazamiento de los planos, endureciendo así al metal. Es evidente que, a escala de la estructura fina que estoy describiendo, el algo arenoso debe consistir en átomos de distinta clase que reemplacen a algunos de los átomos de cobre en los cristales. Tenemos que efectuar una aleación cuyos cristales sean más rígidos, debido a que sus átomos no son todos de la misma clase. Esto forma el contexto moderno; sólo en los últimos cincuenta años hemos llegado a comprender que las propiedades particulares de las aleaciones se derivan de su estructura atómica. Y no obstante, por casualidad o por experimentación, los fundidores primitivos encontraron esta respuesta: a saber, que cuando al cobre se le añade un metal aún más suave, el estaño, se obtiene una aleación que es más sólida y más duradera que ambos metales: el bronce. El fortuito descubrimiento se debió posiblemente a que, en el Viejo Mundo, los minerales metalíferos del estaño y del cobre se encuentran conjuntamente. El hecho es que casi todo material puro es débil, y muchas impurezas lo harán más fuerte. El efecto del estaño no es una función única sino general: agrega al material puro una especie de arena atómica: puntos de aspereza diferente que se adhieren a las redes cristalinas y que evitan que éstas se deslicen.

Me he empeñado tanto en describir la naturaleza del bronce en términos científicos por tratarse de un descubrimiento tan maravilloso. Y es también maravilloso como revelación del potencial que conlleva un nuevo proceso y que sugiere a quienes lo manejan. Los trabajos en bronce alcanzaron en China su máxima expresión. Casi con certeza, éste llegó a China procedente del Oriente Medio, donde fue descubierto hacia 3800 a. de C. La era superior del bronce en China es también el inicio de la civilización china tal como nosotros la concebimos: la dinastía Chang, antes de 1500 a. de C. La dinastía Chang gobernaba a un conjunto de dominios feudales en el valle del río Amarillo, y creó por primera vez un estado unitario y cultural en China. Fue en todos sentidos un período formativo, en el cual se desarrolló la cerámica y la escritura fue fijada. (Es la tan sorprendente caligrafía, tanto de la cerámica como de los bronces.) Los bronces de la era superior se elaboraban con oriental atención al detalle, lo cual es fascinante en sí mismo.

53. Los trabajos en bronce alcanzaron en China su máxima expresión. Campana de bronce fundi­do, año 800 a. de C. Detalle caligráfico de la parte superior de la cam­pana.

Los chinos construían el molde para fundir el bronce con tiras de arcilla colocadas alrededor de un centro de cerámica. Tales tiras han llegado hasta nuestros días, lo cual nos ha permitido conocer dicho proceso. Podemos seguir la preparación del centro de cerámica, la incisión del diseño, y particularmente las inscripciones caligráficas, en las tiras formadas sobre el centro. Estas forman un molde externo que se endurece al horno para que reciba el metal fundido. Incluso podemos seguir la preparación tradicional del bronce. Las proporciones de cobre y estaño que utiliza­ban los chinos eran bastante precisas. El bronce se puede hacer a partir de cualquier proporción entre, digamos, el cinco y el veinte por ciento de estaño agregado al cobre. Pero los mejores bronces Chang contienen el quince por ciento de estaño y, en ese punto, la finura de la fundición es perfecta. En esa proporción, el bronce es casi tres veces más duro que el cobre.

Los bronces Chang eran objetos ceremoniales divinos. Estos expresan por China un culto monumental que, al mismo tiempo en Europa, estaba edificando Stonehenge. A partir de ese momento, el bronce se convierte en un material de usos múltiples, el plástico de su época. Y posee esta cualidad universal dondequiera que se encuentra, en Europa y en Asia.

Pero en el clímax de la artesanía china, el bronce expresa algo más. El encanto de estos trabajos chinos, recipientes para vino y comida, en parte profanos y en parte divinos, consiste en que constituyen un arte que se desarrolla espontá­neamente a partir de su propia técnica. El artesano está regido y dirigido por el material; la forma y superficie de su diseño emanan del proceso. La belleza que crea, la maestría que comunica, procede de su propia dedicación a su arte.

El contenido científico de estas técnicas está bien definido. Con el descubrimiento de que el fuego puede fundir los metales aparece, con el tiempo, el descubrimiento más sutil consistente en que el fuego también puede fundirlos conjun­tamente para crear una aleación con nuevas propiedades. Esto ocurre tanto en el hierro como en el cobre.

54. Al igual que toda la metalurgia antigua, la fabricación de la espada está rodeada de rituales. El maestro en la fabricación de espadas, Getsu, forja la hoja de acero. Reali­za el templado y el bruñido de la hoja en el taller del Templo de Nara, Japón.

De hecho, el paralelo entre los metales se mantiene en cada etapa. El hierro también se empleó por vez primera en estado natural; el hierro en bruto llega a la superficie de la Tierra a través de los meteoritos, razón por la cual lleva el nombre sumerio de «metal del cielo». Cuando, tiempo después, el mineral metalífero del hierro fue fundido, el metal se reconocía porque ya había sido utilizado. Los indígenas de América del Norte utilizaban el hierro meteorí-tico, pero nunca pudieron fundir el mineral metalífero.

Como el hierro es mucho más difícil de extraer del mineral metalífero que el cobre, el hierro fundido es, naturalmente, un descubrimiento muy posterior. La primera evidencia positiva de su utilización práctica es probablemente un fragmento de herramienta que quedó atrapado en una de las pirámides; esto lo data a antes de 2500 años a. de C. Pero el uso extensivo del hierro fue iniciado realmente por los hititas, cerca del Mar Negro, hacia 1500 a. de C, justamente durante el apogeo del bronce en China, la época de Stonehenge.

Y así como el cobre llega a su mayoría de edad por su aleación, el bronce, el hierro llega mediante su aleación, el acero. Quinientos años después, hacia 1000 a. de C, el acero se elabora en la India y las cualidades extraordinarias de los diferentes tipos de acero empiezan a ser conocidas. Sin embargo, el acero siguió siendo un material especial y en ciertos aspectos raro, de limitado uso hasta épocas muy recientes. Hace escasamente dos siglos que la industria del acero en Sheffield (Inglaterra) era todavía pequeña y estaba atrasada, y el cuáquero Benjamín Huntsman, que quería hacer un resorte de precisión para reloj, tuvo que convertirse en metalúrgico y descubrir por sí mismo cómo manufacturar el acero.

Puesto que he vuelto la cabeza hacia el Lejano Oriente para contemplar la perfección del bronce, incluiré también un ejemplo oriental de las técnicas que producen las propiedades especiales del acero. A mi parecer, éstas alcanzan su climax en la elaboración de la espada japonesa, proceso en vigor en una u otra forma desde el año 800 d. de C. Al igual que en toda la metalurgia arcaica, la fabricación de la espada está rodeada de rituales, y esto es por una sencilla razón. Cuando se carece de lenguaje escrito, cuando no se posee nada que pueda llamarse fórmula química, se debe recurrir a un ceremonial muy preciso que fije la secuencia de las operaciones de tal manera que sean exactas y fáciles de recordar.

Así que existe una suerte de imposición de manos, una sucesión apostólica mediante la cual una generación bendice y transmite a la siguiente los materiales, bendice el fuego y bendice al forjador de espadas. El hombre que aquí fabrica la espada ostenta el título de «Monumento Cultural Viviente», concedido formalmente por el gobierno japonés a los principales maestros de las artes arcaicas. Su nombre es Getsu. Y, en un sentido formal, es descendiente directo en su arte del fabricante de espadas Masamune, que perfeccionó el proceso en el siglo trece con el fin de rechazar a los mogoles. O así lo afirma la tradición; es cierto que en aquel entonces, en repetidas ocasiones, los mogoles trataron de invadir el Japón desde China, bajo el mando del nieto de Gengis Khan, el famoso Kublai Khan.

El hierro es un descubrimiento posterior al del cobre, debido a que en cada etapa necesita mayor temperatura: en la fundición, el moldeado y, naturalmente, en el procesamiento de su aleación, el acero. (El punto de fusión del hierro es cercano a los 1500°C, casi 500°C superior al del cobre.) Tanto en el proceso de fundición como en su respuesta a las aleaciones, el acero es un material infinitamente más sensible que el bronce. En él se alea el hierro con un pequeño porcentaje de carbón, comúnmente menos del uno por ciento, y las variaciones en ello determinan las propiedades fundamentales del acero.

El proceso de elaboración de la espada refleja un acucioso control del carbón y del tratamiento al calor por medio de los cuales el objeto de acero se ajusta a su función perfectamente. Aun el del lingote de acero no es sencillo, ya que la espada debe combinar dos propiedades diferentes e incompatibles de los materiales. Debe ser flexible y dura a la vez. Estas no son propiedades que se puedan incorporar en un mismo material, a menos que esté formado de estratos. Para conseguir esto, el lingote de acero es cortado y doblado muchas veces hasta lograr una multitud de capas internas. La espada elaborada por Getsu requiere que el lingote sea doblado quince veces. Esto quiere decir que el número de estratos del acero será 215, lo que equivale a más de treinta mil estratos. Cada estrato debe estar unido al siguiente, el cual posee una propiedad diferente. Es como si él tratara de combinar la flexibilidad del hule con la dureza del vidrio. Y la espada, esencialmente, es un enorme emparedado de estas dos propiedades.

55. Las dos propiedades se fusionan finalmente en la espada terminada. Adormo de filigrana en una espada hecha por Nobuhide en el siglo dieci­nueve para el Emperador

En la última etapa, la espada es preparada cubriéndola con arcilla en diferentes espesores, para que cuando sea templada y sumergida en el agua se enfríe a intervalos diferentes. La temperatura del acero para este momento final debe ser juzgada con precisión, y en una civilización en que esto no se efectúa por medición, «es la práctica observar el calentamiento de la espada hasta que brilla con el color del sol mañanero». Para ser justo con el forjador de espadas, debo decir que estas pistas proporcionadas por el color eran también tradicionales en la manufactura del acero en Europa: todavía en el siglo dieciocho, el momento preciso de templar el acero era cuando su incandescencia se tornaba amarilla, púrpura o azul, de acuerdo con el uso a que estuviese destinado.

El punto crucial, no tanto dramático como químico, es el templado, que endurece la espada y fija sus distintas propiedades. Las diferentes escalas de enfriamiento producen cristales de formas y tamaños variados: cristales grandes y suaves en el centro flexible de la espada; cristales pequeños y dentados en el borde afilado. Las dos propiedades del hule y del vidrio se fusionan finalmente en la espada terminada. Se revelan en la superficie de la hoja cuyo resplandor de seda es sumamente apreciado por los japoneses. Mas la prueba de la espada, la prueba de una práctica técnica, la prueba de una teoría científica es, «¿Funciona realmente?» ¿Puede cortar el cuerpo humano en la forma establecida por el ritual? Los cortes tradicionales están señalados tan cuidadosamente en diseños como los cortes de la carne de vaca en un diagrama de un libro de cocina: «Corte número dos: el O-jo-dan». En nuestros días, el cuerpo humano se simula con un atado de paja; pero en el pasado la espada era probada literalmente: utilizándola para ejecutar a un prisionero.

La espada es el arma de los samurai. Merced a ella sobrevivieron a interminables guerras civiles que dividieron el Japón a partir del siglo doce. Los samurai estaban rodeados de metalistería refinada: la flexible armadura hecha de tiras de acero, los arreos de los caballos, los estribos. Y sin embargo, los samurai no sabían cómo hacer ninguna de estas cosas por sí mismos. Al igual que los jinetes de otras culturas, vivían del uso de la fuerza, e incluso para sus armas dependían de la habilidad de los aldeanos a quienes alternadamente protegían y robaban. Con el tiempo, los samurai se convirtieron en un conjunto de mercenarios que vendían sus servicios a cambio de oro.

Nuestra comprensión de cómo está constituido el mundo de la materia a partir de sus elementos se deriva de dos fuentes. Una, que ya he trazado, es el desarrollo de técnicas para forjar y alear metales útiles. La otra es la alquimia, que posee un carácter diferente. De escala modesta, no está encaminada a usos prácticos y contiene una parte sustan­cial de teoría especulativa. Por razones indirectas aunque no accidentales, el enfoque de la alquimia se concentraba en otro metal, el oro, que es virtualmente inútil. Pero el oro ha fascinado tanto a las sociedades humanas, que sería yo perverso si no intentase aislar las propiedades que le dotaron de su poder simbólico.

El oro es la recompensa universal en todos los países, en todas las culturas y épocas. Una colección representativa de artefactos de oro equivale a una crónica de las civilizacio­nes. Rosario de oro esmaltado, del siglo xvi, inglés. Broche de oro en forma de serpiente, del año 400 a. de C, griego. Triple corona de oro de Abuna, del siglo xvn, abisinia. Brazalete de oro en forma de serpiente, de la antigua Roma. Copas rituales de oro de Aquémenes, siglo vi a. de C, persas. Escudilla de oro para beber, siglo vm a. de C, persa. Áureas cabezas de toro... Cuchillo ceremonial de oro, Chi-mú, era preincaica, peruanos, siglo ix...

Gran salero de oro esculpido, Benvenuto Ccllini, del siglo xvi, hecho para el rey Francisco I. Cellini recuerda las palabras de su patrocinador francés:

Cuando le presenté al rey este trabajo, dio un grito sofocado de asombro y no le pudo quitar la mirada de encima. Y en su asombro gritó: «¡Es cien veces más celestial de lo que podía haber soñado! ¡Qué maravilla es el hombre!»

Los españoles saquearon el Perú por su oro, que había sido coleccionado por la aristocracia inca como quien colec­ciona sellos de correos, con el toque de Midas. Oro para la codicia, oro para el esplendor, oro para la ornamentación, oro para el culto, oro para el poder, oro para los sacrificios, oro para dar vida, oro para la ternura, oro bárbaro, oro voluptuoso...

Los chinos acertaron con la característica que lo ha hecho irresistible. Ko-Hung dijo: «Así se funda cien veces, el oro amarillo no se estropeará». Esta frase nos hace comprender que el oro posee una cualidad física que lo hace singular; que puede ser probada y ensayada en la práctica y descrita por la teoría.

Es fácil observar que el hombre que elaboraba un artefacto de oro no era simplemente un técnico, sino un artista.

56 El oro constituye la re­compensa universal en todos los países, en to­das las culturas, en to­das las épocas. Oro griego: Máscara de un rey aqueo, de una tum­ba de Micenas, siglo dieci­séis a. de C.
Oro de Persia: Moneda del Rey Creso, siglo VII d. de C.
Oro peruano: Puma tno-chica, grabado con diseños de serpientes bicéfalas. Oro africano: Botón del peto de un jefe, con dise­ños de granos de cacao. Ghana, siglo XIX. Oro moderno: Receptor del circuito de entrada cen­tral, calculadora portátil. Concorde de uniones múl­tiples. Edimburgo, siglo XX.


Pero es igualmente importante, aunque no tan fácil de reconocer, que el que ensayaba el oro era también algo más que un técnico. El oro era para él un elemento científico. Poseer una técnica es útil, pero, como cualquier otra habilidad, lo que le da vida es el sitio que ocupa en un esquema general de la naturaleza: una teoría.

Los hombres que probaban y refinaban el oro descubrieron una teoría de la naturaleza: una teoría en la cual el oro era único, y no obstante podría obtenerse a partir de otros elementos. Esto explica por qué en la antigüedad se dedicó tanto tiempo e inteligencia al desarrollo de pruebas para la obtención de oro puro. A principios del siglo xvn, Francis Bacon planteó claramente la situación.

El oro posee estas propiedades: grandeza de peso, compactibilidad, fijación, ductibilidad o maleabilidad, inmunidad a la oxidación, color o matiz amarillo. Si un hombre puede crear un metal que posea todas estas características, dejad que los hombres discutan si es oro o no lo es.

Entre las variadas pruebas clásicas a que el oro es sometido, una en particular hace muy visible la propiedad diagnóstica. Se trata de una prueba precisa por copelación. Una vasija hecha de cenizas de hueso es calentada en el horno y sometida a una temperatura muy superior a la requerida para fundir el oro. El oro, con sus impurezas o escorias, se pone en la vasija y se derrite. (El oro tiene un punto de fusión relativamente bajo, un poco más de 1000°C, casi el mismo del cobre.) Lo que sucede ahora es que la escoria se separa del oro y es absorbida por las paredes de la vasija: así que, de pronto, se manifiesta una separación visible entre, por así decirlo, la escoria de este mundo y la pureza oculta del oro que la llama descubre. El sueño de los alquimistas, la creación del oro sintético, tiene que ser comprobada finalmente por la realidad de la perla de oro que sobrevive al experimento.

La capacidad del oro para resistir lo que se denominaba descomposición (lo que hoy llamaríamos ataque químico) era singular, y por tanto de gran valor y diagnóstico. También conllevaba un simbolismo muy poderoso, el cual aparece explícitamente incluso en las fórmulas más primitivas. La primera referencia escrita a la alquimia con que contamos se remonta solamente a hace poco más de dos mil años y procede de China. Indica cómo hacer oro y cómo emplearlo para prolongar la vida. Para nosotros, esta resulta una conjunción extraordinaria. Para nosotros, el oro es precioso porque es escaso; mas para los alquimistas, en todas partes del mundo, el oro era invaluable porque resultaba incorruptible. Ningún ácido o álcali conocido hasta entonces podía atacarlo. De hecho, así es como los orfebres del emperador ensayaban el oro o, como ellos habrían dicho, lo partían, mediante un tratamiento con ácidos que era menos laborioso que la copelación.

57. Oro renacentista: Salero de oro grabado y esmalte, obra de Benvenuto Cellini, que representa a Venus y Neptuno, obsequiado al Rey Francisco I de Fran­cia en 1543.
Oro irlandés: Gargantilla de oro. Co. Clare, siglo IX d. de C.


Cuando la vida era considerada (y lo era para la mayoría de la gente) solitaria, pobre, vulgar, brutal y breve, para los alquimistas el oro representaba la única chispa eterna en el cuerpo humano. Sus intentos por elaborar oro y por hallar el elíxir de la vida eran uno y el mismo empeño. El oro es el símbolo de la inmortalidad, aunque no debería decir símbolo, ya que en el sentir de los alquimistas el oro constituía la expresión, la encarnación de la incorruptibilidad, tanto en el mundo físico cuanto en el mundo viviente.

De modo que, cuando los alquimistas intentaban transmu­tar metales bajos de ley en oro, la transformación que buscaban en el fuego era el paso de lo corruptible a lo incorruptible; trataban de extraer de lo cotidiano la calidad de permanencia. Y esto se aplicaba igualmente a la búsqueda de la eterna juventud: toda medicina para combatir la vejez contenía oro, oro metálico, como ingrediente esencial, y los alquimistas instaban a sus benefactores a que bebiesen de copas de oro para prolongar la vida.

La alquimia es mucho más que un conjunto de trucos mecánicos o una creencia imprecisa en la magia. Es en el fondo una teoría de cómo se relaciona el mundo con la vida humana. En una época en que no existía una distin­ción clara entre sustancia y proceso, entre elemento y acción, los elementos alquímicos constituían también aspectos de la personalidad humana, así como los elementos griegos eran también los cuatro humores que se combinaban en el temperamento humano. Y de su trabajo se desprende una teoría importante que se origina en la concepción griega de tierra, fuego, aire y agua, pero que durante la Edad Media adoptó una forma nueva y de gran importancia. Existía para los alquimistas una afinidad entre el microcos­mo del cuerpo humano y el macrocosmo de la naturaleza. Un volcán en gran escala era como un divieso; una tempes­tad o una tormenta eran como las lágrimas y el llanto. Bajo estas analogías superficiales existía el concepto más profundo de que el universo y el cuerpo humano están con­formados por los mismos materiales, principios o elementos.

58. El universo y el cuerpo están conformados por los mismos materiales, principios o elementos. Figura de Paracelso del horno para el cuerpo, con una escala para el estudio de la orina en el diagnósti­co de la enfermedad, del trabajo «Aurora Thesau-rusque Philosophorum». Basilea, 1577. Figura de Paracelso de los tres elementos: tierra, aire y fuego. La correspotiden-cia entre las formas astro­nómicas y anatómicas se­gún la teoría alquimica de la Naturaleza.

Para los alquimistas existían dos principios. Uno era el mercurio, que representaba todo lo denso y permanente. El otro era el azufre, que representaba todo lo inflamable y pasajero. Todos los seres materiales, incluido el cuerpo humano, estaban hechos a partir de estos dos principios y podían reconstruirse a partir de ellos. Por ejemplo, los alquimistas creían que todos los metales crecían dentro de la tierra y provenían del mercurio y del azufre, lo mismo que los huesos crecen dentro del embrión a partir del huevo. Y en verdad creían en esta analogía. Aún persiste tal simbología en la medicina actual. Seguimos utilizando en nuestros días para la hembra el símbolo alquímico del cobre, es decir, de lo que es frágil: Venus. Y para el varón el signo al-químico del hierro, es decir, de lo que es duro: Marte.

En la actualidad, esta parece una teoría muy infantil, una mezcolanza de fábulas y comparaciones falsas. Mas nuestra química también parecerá infantil dentro de quinien­tos años. Toda teoría se basa en alguna analogía, y tarde o temprano la teoría se derrumba porque la analogía resulta ser falsa. En su momento, una teoría ayuda a resolver los problemas de su tiempo. Y los problemas médicos no empezarían a resolverse sino hasta 1500, debido a que se pensaba que todos los remedios debían derivarse ya fuera de las plantas o bien de los animales, una especie de vitalismo que no admitía que los compuestos del cuerpo eran como otros compuestos químicos, y que limitaba por tanto a la medicina al empleo de hierbas curativas.

Ahora bien, los alquimistas introdujeron libremente los minerales en la medicina: la sal, por ejemplo, dio origen a un cambio notable, y un nuevo teórico de la alquimia la convirtió en su tercer elemento. Desarrolló también una curación característica para una enfermedad que asolaba a Europa en 1500, desconocida hasta entonces, el nuevo azote de la sífilis. Aun hoy día desconocemos dónde se originó la sífilis. Pudo haber sido traída de vuelta por los marineros que acompañaron a Colón; o propagada desde el Oriente a través de las conquistas mogólicas; o simplemente no había sido identificada antes como enfermedad aislada. Resul­tó que su curación dependía del uso del metal alquímico más poderoso, el mercurio. El hombre que implemento esa curación dio un gran paso de la vieja alquimia a la nueva, en camino hacia la química moderna: iatroquímica, bioquí­mica, la química de la vida. Trabajaba en Europa en el siglo xvi. El lugar era Basilea, en Suiza. Corría el año de 1527.

Hay un instante en el ascenso del hombre en que éste abandona el país de las tinieblas del conocimiento secreto y anónimo para adentrarse en un nuevo sistema del descubrimiento abierto y personal. El hombre que he elegido como símbolo de éste fue bautizado como Aureolus Philippus Theophrastus Bombastus von Hohenheim. Felizmente, decidió adoptar el nombre bastante más compacto de Paracelso, para hacer público su desprecio de Celso y otros autores que habían fallecido hacía más de mil años, pero cuyos textos médicos eran vigentes todavía durante la Edad Media. En el año 1500, los trabajos de los autores clásicos se seguían considerando como portadores de la inspirada sabiduría de una época áurea tanto de la medicina y de la ciencia como de las artes.

Paracelso nació cerca de Zurich en 1493 y murió en Salzburgo en 1541 a la temprana edad de cuarenta y ocho años. Se convirtió en un perpetuo desafío de todo lo académico: por ejemplo, fue el primero en identificar una enfermedad producida por el trabajo. De la prolongada batalla librada por el impertérrito Paracelso a lo largo de su vida contra la más vieja tradición de su tiempo —la práctica de la medicina—, conocemos episodios tanto grotescos como encantadores. Su cabeza era fuente inagotable de teorías, muchas de ellas contradictorias, la mayoría absurdas. Era un personaje rabelesiano, picaresco, salvaje; se embriagaba con los estudiantes, corría tras las mujeres, viajaba por todo el Viejo Mundo y, hasta hace poco, figuraba en las historias de la ciencia como un charlatán. Mas no lo era. Era un hombre de genio inestable pero profundo.

El hecho es que Paracelso era un personaje. Descubrimos en él, quizás por primera vez, cómo un descubrimiento científico fluye de la personalidad y cobra vida conforme observamos que es creado por una persona. Paracelso era un hombre práctico que entendía que el tratamiento de un paciente dependía del diagnóstico (él era un diagnosticador brillante) y que el tratamiento debería ser aplicado directamente por el médico. Rompió con la tradición de que el médico era un académico erudito que leía de un libro muy antiguo, mientras que el infeliz paciente estaba en manos de algún ayudante que se limitaba a hacer lo que el médico ordenaba. «No debe haber ningún cirujano que no sea también médico», escribió Paracelso. «Donde el médico no sea también cirujano, no será más que un ídolo que no es sino monigote».

59. El médico era un aca­démico erudito que leia de un libro muy anti­guo, mientras que el infeliz paciente estaba en manos de algún ayudante que se limita­ba a hacer lo que el médico ordenaba. Tres médicos en conferen­cia, mientras que al pa­ciente le es amputada una pierna. Grabado en made­ra de una obra sobre prác­ticas quirúrgicas, Franc­fort, 1465.

Tales aforismos no hicieron gozar a Paracelso de la simpatía de sus rivales, pero con ellos atrajo la atención de otras mentes independientes de la era de la Reforma. Por esto fue llevado a Basilea, por el único año de triunfo de su desastrosa carrera internacional. En Basilea, en el año 1527, Johann Frobenius, famoso impresor protestante y humanis-ta, padecía de una grave infección de una pierna —que estaba a punto de serle amputada—, y en su desesperación recurrió a sus amigos del nuevo movimiento, quienes le enviaron a Paracelso. Este expulsó a los académicos de la habitación, salvó la pierna y efectuó una curación que tuvo eco por toda Europa. Erasmo le escribió lo siguiente: «Has salvado a Frobenius, que es la mitad de mi vida, del mundo de las sombras».

No es casual que las nuevas ideas iconoclastas en medicina y en el tratamiento químico aparezcan conjuntamente, en época y lugar, con la Reforma iniciada por Lutero en 1517. Un centro de aquel período "histórico era Basilea. El humanismo había florecido allí aun antes de la Reforma. Existía una universidad con tradición democrática, de modo que, pese a que sus médicos miraban con recelo a Paracelso, el Consejo de la ciudad pudo insistir en que se le admitiese como catedrático. La familia Frobenius imprimía libros, entre ellos algunas obras de Erasmo, que difundían la nueva visión general de todas las ramas del conocimiento.

Se estaba generando un gran cambio en Europa, más grande quizá que el enorme revuelo religioso y político echado a andar por Martín Lutero. Se aproximaba 1543, año simbólico del destino. Durante ese año se publicaron tres libros que habrían de cambiar la mentalidad europea: las ilustraciones anatómicas de Andrés Vesalio; la primera traducción de la matemática y física griegas de Arquímedes; y el libro de Nicolás Copérnico, La revolución de los orbes celestes, que ubicaba al sol en el centro de los cielos, creando lo que hoy se conoce como la Revolución Científica.

Toda esa batalla entre el pasado y el futuro fue resumida proféticamente en 1527, en un acto realizado delante de la catedral, en Basilea. En público, Paracelso arrojó a la hoguera tradicional de los estudiantes un antiguo texto médico escrito por Avicena, un discípulo árabe de Aristóteles.

60. Paracelso era un perso­naje rabelesiano, pica­resco, salvaje. Retrato de Paracelso, atri­buido a Quentin Metsys.

Hay algo simbólico en esa hoguera veraniega, e intentaré evocarlo en el presente. El fuego es el elemento alquímico mediante el cual puede el hombre profundizar en la estructura de la materia. Luego entonces, ¿es el fuego una forma de materia? Si usted cree eso tendrá que atribuir al fuego toda clase de propiedades insólitas, tales como que es más ligero que la nada. Dos siglos después de Paracelso, hacia 1730, los químicos aseveran esto por medio de la teoría del flogisto, como encarnación final del fuego material. Mas no existe una sustancia tal como el flogisto, como tampoco existe el principio llamado vital, porque el fuego no es material, como tampoco lo es la vida. El fuego es un proceso de transformación y de cambio, mediante el cual los elementos se vuelven a unir en nuevas combinaciones. La naturaleza de los procesos químicos no fue comprendida sino cuando el fuego mismo fue comprendido como un proceso.

La acción de Paracelso clamaba: «La ciencia no puede mirar hacia el pasado. Jamás existió una época áurea». Y habrían de transcurrir otros doscientos cincuenta años para descubrir un nuevo elemento, el oxígeno, que explicaba finalmente la naturaleza del fuego y liberaba a la química de las ataduras de la Edad Media. Lo más curioso del caso es que el hombre que realizó el descubrimiento, Joseph Priestlcy, no estaba estudiando la naturaleza del fuego, sino otro de los elementos griegos, el invisible y omnipresente aire.

En el Smithsonian Institute de Washington, D. C. se encuentra lo que aún subsiste del laboratorio de Joseph Priestley. Y, evidentemente, no tiene por qué estar allí, debería estar en Birmingham, Inglaterra, centro de la Revolución Industrial, donde Priestley realizara lo mejor de su obra. ¿Por qué se encuentra allí ? Porque una multitud obligó a Priestley a salir de Birmingham en 1791.

La historia de Priestley es representativa de otro conflicto entre originalidad y tradición. En 1761 fue invitado, a la edad de veintiocho, a enseñar lenguas modernas en una de las academias disidentes (él era unitario), las cuales sustituían a las universidades para aquellos no conformes con la Iglesia de Inglaterra. Un año después, Priestley fue inspirado por las conferencias científicas de un profesor colega suyo a iniciar un libro sobre la electricidad; y a seguido giró hacia los experimentos químicos. Fue también estimulado por la revolución norteamericana, le había animado Benjamín Franklin, y después por la revolución francesa. Y así, en el segundo aniversario de la toma de la Bastilla, los ciudadanos leales quemaron lo que Priestley había descrito como uno de los laboratorios mejor equipados del mundo. Emigró a Norteamérica, pero no fue bien recibido. Fue apreciado únicamente por los intelectuales de su talla; cuando Tomás Jefferson se convirtió en presidente, declaró a Joseph Priestley: «Es la vuestra una de las pocas vidas preciosas para el género humano».

61. Priestley era un hom­bre bastante difícil, frío, avieso, afectado, remilgado y puritano. Joseph Priestley, dibujado por la Sra. Ellen Sharples en Í794, cuando Priestley vivía en América, después del saqueo de su casa y laboratorio en Birming-ham por una turba.

Me gustaría poder afirmar que la turba que destruyó la casa de Priestley en Birmingham acabó también con los sueños de un hombre delicado, amable, encantador. Mas dudo que ésta sea su descripción justa. Dudo que Priestley fuese un hombre muy amable, no más que Paracelso. Sospecho que era un hombre bastante difícil, frío, avieso, afectado, remilgado y puritano. Pero el ascenso del hombre no es realizado por personas encantadoras. Es realizado por gente dotada de dos cualidades: una integridad enorme y, cuando menos, un poco de genio. Priestley tenía las dos.

62. Lavoisier repitió un experimento de Priestley que es casi una caricatura de uno de los experimentos clási­cos de la alquimia.

Los crisoles de los alquimistas contenían glóbulos puros del liquido metal plateado, el mercurio, sublimado del ci­nabrio. Una reconstrucción en aparatos modernos del ex­perimento de Lavoisier. En la etapa siguiente del experi­mento se muestra el calentamiento del mercurio en pre­sencia de oxígeno. Al lado: El mercurio en un frasco. Siguiente: El mercurio caliente se combina con oxigeno. El volumen absorbido de oxigeno se mide por la caida de la columna del liquido. Abajo: El aparato completo: el experimento será invertido aho­ra, calentando intensamente el óxido de mercurio.

Priestley descubrió que el aire no constituye una sustancia elemental: que está compuesto de varios gases y que, entre ellos, el oxígeno —que él llamó «aire desflogisticado»— es el esencial para la vida animal. Priestley era un notable experimentador, y avanzaba cuidadosamente por etapas. El 1 de agosto de 1774 produjo un poco de oxígeno y vio con asombro que una vela ardía perfectamente en pre­sencia de éste. En octubre del mismo año se marchó a París, donde comunicó su hallazgo a Lavoisier y a otros. Pero no fue sino a su regreso el 8 de marzo de 1775, cuando metió un ratón en presencia de oxígeno, que se dio cuenta de lo bien que se podía respirar en esa atmósfera. Uno o dos días después, Priestley escribió en una bella carta a Franklin: «Hasta ahora, sólo dos ratones y yo hemos tenido el privilegio de respirarlo».

Priestley descubrió también que las plantas verdes espiran oxígeno a la luz del sol, estableciendo así la base de la respiración animal. En los cien años siguientes se demostró que esto era esencial; los animales no habrían evolucionado en absoluto de no ser por el oxígeno producido por las plantas. Pero en los años 1770 nadie había pensado en ello.

El descubrimiento del oxígeno cobró sentido merced a la mente clara y revolucionaria de Antoine Lavoisier (quien pereció durante la revolución francesa). Lavoisier repitió un experimento de Priestley que es casi una caricatura de uno de los experimentos clásicos de la alquimia que describí al principio de este ensayo (pág. 123). Ambos calentaron el óxido rojo del mercurio, utilizando para ello una lupa (instrumento muy en boga en la época) en un recipiente en que se podía observar la producción del gas y acumularlo. Este gas era oxígeno. Esto fue el experimento cualitativo; pero para Lavoisier era el indicio inmediato de que la descomposición química podía ser cuantificada.

63. La lupa estaba muy en boga en la época. Grabado que muestra la gigantesca lupa que Lavoisier construyó para la Academia Real de Ciencias en las afueras de París, en 1777.

La idea era sencilla y radical; efectuar la experiencia alquímica en ambas direcciones y medir con exactitud las cantidades que se intercambiasen. Primero, hacia adelante: quemar el mercurio (para que absorba oxígeno) y medir la cantidad exacta de oxígeno que se desprenda de un recipiente cerrado entre el principio y el fin de la combus­tión. Invirtamos ahora el proceso: tomemos el óxido de mercurio obtenido y calentémoslo intensamente hasta expulsar de nuevo el oxígeno. El mercurio queda, el oxígeno fluye al recipiente, y la pregunta crucial es: «¿Qué cantidad?» Exactamente la misma cantidad que se utilizó en el experimento anterior. Repentinamente el proceso se convierte en algo material, en un acoplamiento y desacoplamiento de cantidades fijas de dos sustancias. Esencias, principios, flogisto, han desaparecido. Dos elementos concretos, mercurio y oxígeno, han sido unidos visible y demostrablemente y se han vuelto a separar.

Parece imposible que podamos hacer un recorrido a través de los procesos de los cobreros primitivos y de las especulaciones mágicas de los alquimistas, hasta la idea más poderosa de la ciencia moderna: la idea de los átomos. Empero, la ruta es directa. Sólo queda un paso entre la noción de los elementos químicos que Lavoisier cuantificó y su expresión en términos atómicos por el hijo de un tejedor de Cumberland, John Dalton.

64. «Sabes que ningún hombre puede dividir el átomo.» Retrato de John Dalton.


Después del fuego, del azufre, de la combustión del mercurio, era inevitable que el climax de la historia se desarrolla ra en la fría y húmeda Manchester. Aquí, entre 1803 y 1808, un maestro de escuela cuáquero llamado John Dalton cambió repentinamente el vago concepto de la combinación química, brillantemente inspirado en Lavoisier, en el concepto moderno preciso de la teoría atómica. Fue una época de descubrimientos maravillosos en química: en aquellos cinco años fueron descubiertos diez elementos nuevos; y no obstante, Dalton no estaba interesado en nada de ello. A decir verdad, se trataba de un hombre de bastante poco colorido. (Padecía con certeza de la ceguera del color, y el defecto genético de confundir el rojo con el verde que describió en sí mismo se conocería posteriormente como «daltonismo».)

Era Dalton un hombre de hábitos regulares, que todos los jueves por la tarde se dirigía al campo a jugar a los bolos. Su principal interés residía en las cosas del campo, cosas que todavía son características del paisaje de Manchester: el agua, el gas de los pantanos, el anhídrido carbónico. Dalton se formulaba preguntas concretas acerca de la forma en que éstos se combinan en función de su peso. ¿Por qué en el agua, compuesta de oxígeno e hidrógeno, se unen siempre las mismas proporciones de éstos para producir una determinada cantidad de agua? ¿Por qué cuando se produce anhídrido carbónico, por qué cuando se produce metano, persisten estas constantes de peso?

Durante todo el verano de 1803, Dalton trabajó en esta cuestión. Escribió: «Una investigación de los pesos relativos de las partículas fundamentales es, hasta donde tengo conocimiento, enteramente nueva. Me he dedicado recientemente a esta investigación con un éxito notable». Y así, acabaría por convencerse de que la respuesta debía estar efectivamente en la anticuada teoría atómica de los griegos. Pero el átomo no es una mera abstracción; a escala física posee un peso que caracteriza a tal o cual elemento. Los átomos de un elemento (Dalton los denominó «partículas fundamentales o elementales») son todos iguales y diferentes de los átomos de otro elemento; y una manera en la que se corrobora la diferencia entre ellos es físicamente, es decir, en su diferencia de peso. «Sospecho que existe un número considerable de lo que correctamente podríamos llamar partículas elementales, que nunca podrán metamorfoscarse entre sí».

En 1805, Dalton publicó por vez primera su concepción de la teoría atómica, que decía a la letra: Si una cantidad mínima de carbón, un átomo, se combina para crear anhídrido carbónico, lo hará invariablemente con una cantidad prescrita de oxígeno: dos átomos de oxígeno.

Ahora bien, si se compone agua de los dos átomos de oxígeno, cada cual combinado con la suficiente cantidad de hidrógeno, habrá una molécula de agua de un átomo de oxígeno, y una molécula de agua del otro.

Los pesos son correctos: el peso del oxígeno que produce-una unidad de anhídrido carbónico producirá dos unidades de agua. ¿Están los pesos correctos ahora para un compuesto carente de oxígeno, para el metano, en el cual el carbón se combina directamente con el hidrógeno ? Así es, exactamente. Si se retiran los dos átomos de oxígeno de la única molécula del anhídrido carbónico y de las dos moléculas de agua, tendremos que el balance material es preciso: hemos obteni­do las cantidades correctas de hidrógeno y carbón para producir el metano.

Las cantidades pesadas de los diferentes elementos que se combinan entre sí expresan, por su constancia, un esquema subyacente de combinación entre sus átomos. Es la aritmética exacta de los átomos la que hace de la teoría química el fundamento de la teoría atómica moderna. Esta es la primera lección profunda que surge de esta multitud de especulaciones acerca del oro, el cobre y la alquimia, hasta alcanzar su apogeo con Dalton.

65. Símbolos de Dalton para los elementos.

La otra lección es su concepto sobre el método científico. Dalton era un hombre de hábitos regulares. Durante cincuenta y siete años dio un paseo diario por las afueras de Manchester; solía medir la lluvia, la temperatura: una empresa singularmente monótona en este clima. No obtuvo nada de ese conjunto de datos. Mas de una sencilla pregunta aguda, casi infantil, sobre los pesos que intervienen en la construcción de estas moléculas simples, surgió la teoría atómica moderna. Es ésta la esencia de la ciencia: formula una pregunta impertinente y estarás camino de la respuesta pertinente.


LA VETA EN LA PIEDRA


3. LA VETA EN LA PIEDRA

34. John Milton describió, y William Blake dibu­jó, la formación de la Tierra en un solo mo­vimiento circular del compás de Dios. Acuarela por William Bkke de 1794, del fron­tispicio de Europa, una profecía.

En su mano
El tomó el Compás de oro, preparado
En la tienda Eterna de Dios, para circunscribir
Este Universo y todas las cosas creadas:
Una punta centró y giró la otra
Rodeando toda la vasta profundidad oscura,
Y dijo: «tan lejos lo extienda, tan lejos tus confines;
Sea ésta tu Circunferencia justa, Oh Mundo».

Milton, El paraíso perdido, libro VII

John Milton describió, y William Blake pintó, la formación de la Tierra en un solo movimiento circular del compás de Dios. Pero esta es una imagen demasiado estática de los procesos de la naturaleza. La Tierra ha existido durante más de cuatro mil millones de años. A lo largo de todo este tiempo, ha sido formada y cambiada por un doble efecto. Las fuerzas ocultas en el seno de la Tierra han pandeado sus estratos y elevado y desplazado masas de suelo. Y en la superficie, la erosión causada por la nieve, la lluvia y la tormenta, por el arroyo y el océano, por el sol y el viento, han labrado una arquitectura natural.

Asimismo, el hombre se ha convertido en arquitecto de su medio circundante, pero carece de dominio sobre fuerzas tan poderosas como las de la naturaleza. Su método ha consistido en seleccionar y probar: una aproximación intelectual en la que la acción depende de la comprensión. He venido a seguir huellas de su historia a través de las culturas del Nuevo Mundo, más jóvenes que las de Europa y Asia. Centré mi primer ensayo en el África ecuatorial, porque fue ahí donde el hombre comenzó, y mi segundo ensayo en el Cercano Oriente, porque allí se inició la civilización. Es ahora el momento de recordar que el hombre también alcanzó otros continentes en su largo caminar sobre la Tierra.

El cañón de Chelly en Arizona es un valle hermético y secreto que ha sido habitado casi ininterrumpidamente por una tribu indígena tras otra durante dos milenios, desde el nacimiento de Cristo; más que cualquier otro sitio de América del Norte. Sir Thomas Browne escribió esta vivida sentencia: «Los cazadores se han levantado en América, y han pasado ya de su primer sueño en Persia». En la época del nacimiento de Cristo, los cazadores se establecían como agricultores en el cañón de Chelly y recorrían el mismo camino en el ascenso del hombre antes andado por los pueblos de la zona fértil del Oriente Medio.

¿Por qué se inicia la civilización en el Nuevo Mundo mucho después que en el Viejo? Evidentemente porque el hombre arriba mucho tiempo después al Nuevo Mundo. Llegó antes de que se inventasen los barcos, lo cual implica que se desplazó a pie enjuto sobre el Estrecho de Bering cuando constituía un amplio puente de tierra durante la última Glaciación. Esta evidencia glaciológica apunta hacia dos posibles épocas en las cuales el hombre se trasladaría desde los promontorios del extremo oriental del Viejo Mun­do, más allá de Siberia, hasta los desolados parajes de Alaska occidental en el Nuevo Mundo. El primer período sería entre los 28.000 y 23.000 a. de C, y el segundo entre 14.000 y 10.000 a. de C. Después, el deshielo de los glaciares eleva­ría el nivel del mar varios cientos de metros, dejando aisla­dos, por tanto, a los habitantes del Nuevo Mundo.

Esto significa que el hombre llegó a América procedente de Asia no hace menos de diez mil años ni más de treinta mil. Y no llegó necesariamente en una sola oportunidad. Existe evidencia en hallazgos arqueológicos (como construc­ciones y herramientas primitivas) del arribo a América de dos corrientes culturales separadas. Y, lo más significativo para mí, es que existe una prueba biológica sutil pero convin­cente, que sólo puedo interpretar como indicadora de que el hombre llegó en dos migraciones pequeñas y sucesivas.

Las tribus indígenas de Norte y Sudamérica no contienen todos los grupos sanguíneos que se encuentran en poblacio­nes en otros lugares. Esto descubre 'una posibilidad de mirar a sus antepasados a través de esta inesperada rareza biológica. Pues los grupos sanguíneos se heredan de manera que, en toda una población, proporcionan un registro genético del pasado. La ausencia total del grupo sanguíneo A en una población implica, con virtual certidumbre, que sus ancestros tampoco lo poseían; y lo mismo ocurre con el grupo sanguíneo B. Y este es el estado real de las cosas de América. Las tribus de Centro y Sudamérica (en el Amazonas, por ejemplo, en los Andes y en Tierra del Fuego) pertenecen enteramente al grupo sanguíneo O; tam­bién algunas tribus de América del Norte. Otras (entre ellas la de los sioux, los chippewa y los indígenas de Pueblo) contienen el grupo sanguíneo O mezclado en un diez o quince por ciento con el grupo A.

35. El Cañón de Chelly en Arizona es un valle hermético y secreto. Fotografía de las ruinas de Pueblo, de T. H. O'Sullivan en 1873, llamada «La Casa Blanca».

Los seres humanos nos agrupamos en familias, las familias en conjuntos de parientes, los conjuntos de parientes en clanes, los clanes en tribus, las tribus en naciones. Y este sentido de jerarquía, de una pirámide en que una capa descansa sobre otra, rige todas las formas con que visualiza­mos la naturaleza. Las partículas fundamentales conforman el núcleo, los núcleos se unen en átomos, los átomos en moléculas, las moléculas en bases, las bases dirigen el montaje de los aminoácidos, los aminoácidos dan forma a las proteí­nas. Volvemos a encontrar en la naturaleza algo que parece corresponder profundamente a la forma en que incorpora­mos nuestras propias relaciones sociales.

El cañón de Chelly es una suerte de microcosmo de las culturas, y alcanzó su apogeo cuando los habitantes de Pueblo construyeron las grandes estructuras poco después del año 1000 d. de C. Estas representan no sólo una com­prensión de la naturaleza del trabajo en piedra, sino de las relaciones humanas; pues los habitantes de Pueblo crea­ron aquí y en otros sitios una especie de ciudad en miniatura. Las viviendas en los riscos se encontraban a veces a lo largo de cinco o seis series de gradas o terraplenes y los techos de aquéllas descansaban sobre el terraplén inmediato. El frente era plano con el risco y la parte posterior se apoyaba en éste. Estos grandes complejos arquitectónicos están en ocasiones sobre terrenos planos de 10.000 a 15.000 m2, y constan de cuatrocientas habitaciones o más.

Las piedras conforman un muro, los muros una casa, las casas dan forma a las calles y éstas a una ciudad. Una ciudad está formada por piedras y por gente; mas no es sólo un acervo de piedras ni simplemente un conglomerado humano. En la transición de pueblo a ciudad, surge una nueva organización comunal basada en la división del traba­jo y en eslabones de jerarquía. La manera de revivir esto es caminando por las calles de una ciudad desconocida, de una cultura que ha desaparecido.

Machu Picchu se encuentra en los altos Andes, en Sudamérica, a más de 2600 metros de altura. Fue construida por los incas durante el apogeo de su imperio, hacia el 1500 d. de C. o un poco antes (casi exactamente cuando Colón llegaba a las Indias Occidentales), cuando la planificación de una ciudad constituía su mayor proeza. Cuando las tropas españolas conquistaron y saquearon el Perú en 1532, no repararon por alguna razón en Machu Picchu ni en sus ciudades aledañas. Pasaría inadvertida los siguientes cuatro cientos años, hasta que un día de invierno en 1911, Hiram Bingham, joven arqueólogo de la Universidad de Yale, tropezó con ella. Para entonces llevaba siglos abandonada y estaba descarnada como un hueso. Pero en aquel esqueleto de una ciudad reside la estructura de toda civilización urbana en toda época, en cualquier parte del mundo.

37. Las calles de una ciudad, desconocida, de una cultura que ha desaparecido. Arriba: Ensambles de piedras sin mortero y bloques de granito con aspecto acojinado, característicos de la albañilería inca.

Abajo: Valle de Machu-Pícchu Umbamba, en los Andes orientales, Perú. .La cúspide de la montaña al fondo, Huayna Picchu alcanza los 4.500 metros.


Una ciudad debe vivir sobre una base, sus tierras de cultivo, y una rica y abundante agricultura; y la base eviden­te de la civilización inca fue el cultivo en terrazas. Por supuesto que hoy día no crece más que hierba en las peladas terrazas, pero hubo un tiempo en que aquí se cultivaba la patata (producto originario del Perú) y el maíz —desde ha­cía tiempo cultivado— que procedía en primer lugar del norte. Como esta era una ciudad ceremonial de alguna clase, no hay duda de que cuando el Inca la visitaba se cultivaban para él plantas tropicales propias del clima, como la coca, hierba intoxicante reservada para uso exclusivo de la aristo­cracia incaica y de la cual derivamos la cocaína.

Central a la cultura de terrazas es un sistema de riego. Es esto lo que los imperios preincaico e incaico realizaron; el riego se distribuye por las terrazas, a través de canales y acueductos, atravesando las grandes hondonadas, se intro­duce en el desierto hacia el Pacífico y lo hace florecer. Al igual que en la zona fértil de Jericó, donde lo más importante era el control del agua, la civilización inca del Perú estaba cifrada en el control del riego.

Un gran sistema de riego que se extienda a lo largo y a lo ancho de un imperio requiere de una férrea autoridad central. Así fue en Mesopotamia. Así en Egipto. Así en el imperio de los Incas. Y ello significa que esta ciudad y todas las de la zona descansaban sobre una base indivisible de comunicación, por medio de la cual la autoridad podía hacerse presente y ser escuchada en todas partes, dictando órdenes y recabando información desde un centro determi­nado. Tres inventos sostenían la red de autoridad: los cami­nos, los puentes (en un paraje tan feraz como este) y los mensajes. Llegaban hasta un centro aquí cuando el Inca aquí estaba, y de él partían hacia afuera. Estos son los tres eslabones mediante los cuales toda ciudad se enlaza con las demás y los cuales, para nuestra sorpresa, nos percata­mos de que son diferentes en esta ciudad.

En un gran imperio, caminos, puentes, mensajes son siem­pre inventos avanzados, porque, de ser suprimidos, la autori­dad se quebrantaría: en los tiempos modernos son el primer blanco típico en una revolución. Sabemos que el Inca los cuidaba mucho. Empero, en los caminos no había ruedas, no había arcos bajo los puentes, los mensajes no eran escritos. La cultura de los incas no había realizado tales inventos hacia el año 1500 d. de C. Esto se debe a que la civilización en América se inició con varios miles de años de retraso y fue conquistada antes de disponer de tiempo suficiente para realizar todos los inventos del Viejo Mundo.

Resulta muy extraño que una arquitectura que movió grandes piedras de construcción sobre rodillos no pudiese acertar con el uso de la rueda; olvidamos que lo radical con respecto de la rueda es el eje fijo. Parece peculiar el construir puentes de suspensión y no acertar con el arco. Aunque lo más extraño de todo es que una civilización que llevó un registro cuidadoso de información numérica, no lo pusiera por escrito. (El Inca era tan iletrado como el más pobre de sus ciudadanos, o tanto como el granuja español que lo derrocó.)

Los mensajes a modo de datos numéricos llegaban al Inca en trozos de cuerda llamados quipus. El quipu sólo registra números (con nudos arreglados como nuestro siste­ma decimal), y me gustaría afirmar como matemático, que los números son simbólicamente tan informativos y humanos como las palabras; mas no lo son. Las cifras que describían la vida de un hombre en el Perú se encontraban en una especie de tarjeta perforada al revés, una tarjeta computadora braille en forma de cuerda anudada. Cuando se casaba se movía la cuerda a otro lugar en el grupo familiar. Todo lo que era acumulado por los ejércitos, graneros y bodegas del Inca, era anotado en estos quipus. El hecho es que el Perú se había convertido ya en la pavorosa metrópoli del futuro, almacén de memoria en que un impe­rio registra los actos de cada ciudadano, le sostiene, le asigna sus trabajos y lo guarda todo impersonalmente en forma de cifras.

38. Los mensajes a modo de datos numéricos lle­garon al Inca en forma de trozos de cuerda lla­mados quipus.

Era una estructura social notablemente circunscrita. Cada ciudadano tenía su lugar; cada uno tenía sus necesidades cubiertas; y cada uno —campesino, artesano o soldado— trabajaba para un solo hombre: el Inca supremo. Este era la cabeza civil del estado y también la encarnación religiosa de la divinidad. Los artesanos que con tanto primor grabaron en piedra la representación simbólica del enlace del Sol con su dios y monarca, el Inca, trabajaban para él.

De modo que, necesariamente, se trataba de un imperio extraordinariamente frágil. En menos de un siglo, a partir de 1438, los incas habían conquistado cinco mil kilómetros a lo largo de la costa, casi todo lo comprendido entre los Andes y el Pacífico. Sin embargo, en 1532, un aventurero español prácticamente iletrado, Francisco Pizarro, irrumpía en el Perú con solamente sesenta y dos espeluznantes caballos y ciento seis soldados de infantería; y de un día para otro conquistó el gran imperio. ¿Cómo? Cortando la cúspide de la pirámide: capturando al Inca. Y a partir de ese momento, el imperio se hundió y las ciudades, las bellas ciudades, quedaron al descubierto para los ladrones del oro y los buitres.

39. Los templos griegos fueron construidos en ángulos rectos, siempre en escuadra. Templo de Poseidón en Pesto, en el sur de Italia. Las dos hileras de colum­nas constituyen un sistema para aligerar la estructura.

Más, por supuesto, una ciudad es más que una autoridad central. ¿Qué es una ciudad? Una ciudad es gente. Una ciudad tiene vida. Es una comunidad cuya vida se cifra en la agricultura, tanto más rica que una aldea, que puede mantener el sostenimiento de toda clase de artesanos y hacer de éstos especialistas de por vida.

Los especialistas han desaparecido, su obra ha sido destrui­da. A los hombres que forjaron Machu Picchu —el herrero, el orfebre, el tejedor, el alfarero— les ha sido robado su trabajo. Las telas se han podrido, el bronce se ha averiado, el oro ha sido robado. Lo único que perdura es la labor de los albañiles, la bella labor artesanal de los hombres que edificaron la ciudad; pues los hombres que edifican una ciudad no son los Incas sino los artesanos. Aunque, naturalmente, si usted trabaja para el Inca (como para cual­quier otro hombre), éste dirige según su gusto y usted no inventa nada. Estos hombres continuaron trabajando con la viga hasta el fin del imperio; nunca inventaron el arco. Esta es la medida del retraso entre el Nuevo Mundo y el Viejo, porque este es precisamente el punto en que se encontraban los griegos dos milenios antes y en que, igual­mente, se detuvieron.

Pesto (Paestum), en el sur de Italia, fue una colonia griega cuyos templos son más antiguos que el Partenón: datan de cerca del año 500 a. de C. Su río se ha sedimentado y se encuentra actualmente separado del mar por compactos bancos de sal. Pero su gloria espectacular subsiste todavía. Pese a que fue saqueada por piratas sarracenos en el siglo noveno, y por los cruzados en el undécimo, Pesto en ruinas es una de las maravillas de la arquitectura griega.

Pesto es contemporánea del inicio de la matemática grie­ga; Pitágoras enseñó en el exilio en otra colonia griega, Crotona, no lejos de aquí. Al igual que la matemática del Perú dos mil años después, los templos griegos fueron construidos en ángulos rectos, siempre en escuadra. Los griegos tampoco inventaron el arco, y, en consecuencia, sus templos son avenidas apiñadas de columnas. Parecen despejados ahora que los vemos como ruinas, pero en reali­dad son monumentos sin espacios. Esto se debe a que tenían que unir los espacios por medio de vigas, y el tramo que puede ser sostenido por una viga plana está limitado por la fuerza de ésta.

Si analizamos la tensión en una computadora, podremos ver que la tensión sobre la viga se incrementa cuanto más separamos las columnas. Cuanto más larga es la viga, mayor es la compresión que produce su peso en la cima y mayor la tensión que produce1 en la base. Y la piedra bajo tensión es débil; las columnas no se desplomarán porque se encuentran comprimidas, pero las» vigas fallarán cuando la tensión se torne demasiado intensa. Y fallarán en la base, a no ser que las columnas estén muy próximas entre sí.

Los griegos podían ser ingeniosos aligerando la estructura con el uso, por ejemplo, de dos hileras de columnas. Pero tales artificios fueron solamente provisionales; básicamente no podían ser superadas sin un nuevo invento. La piedra, como la geometría, fascinaba a los griegos; resulta un enig­ma el que no concibieran el arco. Pero el hecho es que el arco es un invento ingenieril y es, correspondientemente, el descubrimiento de una cultura más práctica y plebeya que la de Grecia o la del Perú.

40 Las limitaciones físicas de la piedra no podían ser superadas sin un nuevo invento. Modelos fotoelásticos presentan lineas de igual peso en vigas, columnas y en un arco. La tensión aumenta marcadamente en la parte inferior de la viga. El arco redondo distribuye el peso o fuerza más uni­formemente.

El acueducto de Scgovia en España fue construido por los romanos hacia el año 100 d. de C, durante el reinado del emperador Trajano. Transporta las aguas del río Frío, desde la sierra alta que dista quince kilómetros. El acueducto cruza el valle a lo largo de casi un kilómetro y consta de más de cien arcos semicirculares sostenidos por una doble hilera de columnas, hechos de bloques de granito apilados sin cal o cemento. Sus proporciones colosales ate­morizaban tanto a españoles y moros de épocas posteriores y más suspersticiosas, que le denominaron El puente del diablo.

La estructura nos parece prodigiosa y espléndida, fuera de proporción en su función de transportar agua. Pero ello se debe a que nosotros obtenemos agua al accionar un grifo, olvidando levemente los problemas universales de la civilización citadina. Toda cultura avanzada que con­centra a sus hombres más hábiles en las ciudades depende de la clase de invento y organización que denota el acueduc­to romano de Segovia.

Los romanos no inventaron el arco de piedra desde un principio, sino como una construcción moldeada a base de una especie de concreto. El arco es, estructuralmente, un método de atravesar un espacio en donde el peso no sea mayor en el centro que en los costados; el peso se distribuye uniformemente a todo lo largo. Por esta razón, el arco se puede elaborar en partes: con bloques de piedra separados a los que el peso comprime. En este sentido, el arco representa el triunfo del método intelectual que divide la naturaleza en piezas y las reúne en combinaciones nuevas y más poderosas.

Los romanos siempre dieron al arco forma semicircular; poseían una forma matemática que funcionaba bien y no se inclinaban por la experimentación. El círculo se mantuvo como fundamento del arco incluso cuando pasó a producirse en forma masiva en los países árabes. Esto es manifiesto en la arquitectura religiosa y enclaustrada que empleaban los moros; por ejemplo, en la gran mezquita de Córdoba, también en España, construida en 785 d. deC, después de la conquista árabe. Se trata de una estructura más espaciosa que la del templo griego de Pesto, aunque es evidente que pasó por dificultades semejantes; es decir, una vez más, está recargada de albañilería de la que únicamente podría librarse mediante un nuevo invento.

41. El arco es el descubri­miento de una cultura práctica y plebeya. «El puente del diablo». Acueducto de Segovia.

42. El círculo se mantuvo como fundamento del arco aun cuando pasó a producirse en forma masiva en los países árabes. La gran mezquita de Córdoba.

43. Las catedrales fueron construidas por co­mún acuerdo entre los habitantes de las ciudades y edificadas para ellos por albañiles comunes. Nave lateral de la catedral de Reims.

Los descubrimientos teóricos que acarean consecuencias radicales se hacen patentes, en general, de manera sorprendente y original a la vez. Mas los descubrimientos prácticos, pese a que resulten ser de mayor alcance, tienen con frecuencia una apariencia más modesta y menos trascendental. Con el fin de romper las limitaciones del arco romano, hizo su aparición una innovación estructural proveniente posiblemente de fuera de Europa, y que arribó al principio casi a hurtadillas. El invento consiste en una nueva forma de arco basada no en el círculo, sino en el óvalo. Esto no parece ser un gran cambio; no obstante, su efecto en la articulación de los edificios es espectacular. Naturalmente, un arco en punta es más alto y, por tanto, proporciona más luz y espacio. Pero, mucho más importante, la presión que ejerce el arco gótico hace posible el sostenimiento del espacio de una manera nueva, como en Reims. Se quita peso de los muros, lo cual hace posible instalar vitrales, y el efecto total consiste en que el edificio cuelga, como una jaula, de un techo arqueado. El interior del edificio es despejado, porque el esqueleto está en el exterior.

John Ruskin describe admirablemente el efecto del arco gótico.

Los edificios egipcios y griegos se mantienen, fundamentalmente, por su propio peso y masa, reposando pasivamente una piedra sobre otra; pero en las cúpulas y tracerías góticas se aprecia una solidez análoga a la de los huesos de un miembro o las fibras de un árbol; una tensión elástica y una comunicación de fuerza de una a otra parte, así como una expresión estudiosa de esto a través de cada línea visible del edificio.

De todos los monumentos a la humana impudencia, no hay ninguno que iguale a estas torres de tracería y vidrio, surgidas a la luz en el norte de Europa antes del año 1200. La construcción de estos enormes, desafiantes mostruos constituye un logro imponente de la previsión humana o mejor aún debería decir —ya que su edificación fue anterior a cualquier conocimiento matemático relacionado con la computación de fuerzas— de la penetración humana. Desde luego que esto no ocurrió sin errores y algunos fracasos considerables. Pero lo que debe asombrar más a los matemáticos con respecto a las catedrales góticas, es lo sólida que era tal penetración, lo sutil y racionalmente que progresó desde la experiencia de una estructura a la siguiente.

Las catedrales fueron construidas por común acuerdo entre los habitantes de las ciudades y edificadas para ellos por albañiles comunes. Están prácticamente al margen de la arquitectura práctica corriente en aquella época y, sin embargo, la improvisación en ellas se torna en constante inventiva. En el sentido mecánico, el diseño cambió el arco romano semicircular por el puntiagudo arco gótico, de tal manera que la tensión pasa por el arco hacia la parte exterior del edificio. Y así, también en el siglo doce, se dio la conversión repentina y revolucionaria de éste en el medio arco: el contrafuerte volante. La tensión corre por éste al igual que por mi brazo cuando levanto la mano y empujo contra el edificio tal como si lo estuviese sosteniendo: no hay albañilería donde no hay tensión. No se añadió ningún principio arquitectónico básico a ese realismo hasta la invención de los edificios de acero y concreto.

Uno tiene la sensación de que los hombres que concibieron estas grandes edificaciones estaban obsesionados con su reciente descubrimiento, mediante el cual controlaban la fuerza de la piedra. ¿De qué otra forma podría explicarse el que se propusieran construir bóvedas de cuarenta y cincuenta metros en una época en que no sabían calcular la tensión? Así, pues, la bóveda de cincuenta metros de altura, en Beauvais, a menos de ciento cincuenta kilómetros de Reims, se vino abajo. Tarde o temprano, los constructores habían de afrontar algún desastre: existe una limitación física al tamaño, aun en las catedrales. Y cuando la cúpula de Beauvais se desplomó en 1284, algunos años después de su terminación, la gran aventura gótica había de moderarse: nunca más se volvería a intentar una estructura tan alta como ésta. (Sin embargo, el diseño empírico puede haber sido apropiado; es probable que el suelo de Beauvais simplemente no fuera lo suficientemente sólido como para resistir la edificación.) Sin embargo, la cúpula de 40 metros de Reims se sostuvo. Y de 1250 en adelante, Reims se convirtió en un centro artístico de Europa.

El arco, el contrafuerte, el domo o la cúpula (el cual es una suerte de arco en rotación) no constituyen las últimas etapas en la conversión de las tendencias de la naturaleza a nuestros usos. Pero lo que está más allá deberá tener unas tendencias más suaves: tendremos que mirar ahora las limitaciones propias del material. Es como si la arquitectura cambiase su enfoque al mismo tiempo que la física, al nivel microscópico de la materia. En efecto, el problema moderno no es ya el de diseñar una estructura a partir de los materiales, sino el de diseñar los materiales para una estructura.

44. Los albañiles llevaban consigo un equipo de herramientas livianas. La vertical se fijaba con una plomada; y la ho­rizontal se fijaba, no con el nivel de burbuja, sino con una plomada unida a un ángulo rec­to.

Albañiles trabajando, si­glo XIII.

45. El peso se quita de los muros, y el edificio cuelga, como una jaula de un techo arqueado. Contrafuertes volantes, catedral de Reims.

Los albañiles llevaban en mente un cúmulo, no tanto de normas cuanto de ideas, que crecía con la experiencia entre una y otra obra. Llevaban también consigo un equipo de herramientas livianas. Por medio de compases diseñaban la forma oval de las bóvedas y los círculos de los rosetones. Marcaban las intersecciones con calibradores para alinearlas y encajarlas en patrones repetibles. Las líneas verticales y horizontales se relacionaban mediante la escuadra en T, ya empleada por los matemáticos griegos, utilizando el ángulo recto (ver pág. 157). Es decir, la vertical se fijaba con una plomada; y la horizontal se fijaba no con el nivel de burbuja, sino con una plomada unida a un ángulo recto.

Los constructores ambulantes formaban una aristocracia intelectual (como la que formarían los relojeros quinientos años después) y podían recorrer toda Europa, seguros de ser bien recibidos y de obtener trabajo; se autonombraban francmasones ya en el siglo catorce. La habilidad que portaban en sus manos y en sus mentes parecía a los demás tanto un misterio como una tradición, un fondo secreto de conocimientos que se mantendría al margen del rígido formalismo universitario de la época. Cuando el trabajo de los masones empezó a agotarse, durante el siglo diecisiete, decidieron admitir miembros honorarios, quienes solían creer que su arte se remontaba a las pirámides. Esta no era en realidad una leyenda halagüeña, ya que las pirámides fueron construidas mediante una geometría mucho más primitiva que la empleada en las catedrales.

No obstante, existe en la visión geométrica algo que es universal. Permítaseme explicar mi preocupación por estas bellas obras arquitectónicas, tales como la catedral de Reims. ¿Qué relación guarda la arquitectura con la ciencia? Y, particularmente, ¿qué relación guarda con la ciencia en la interpretación que de ésta se tenía a principios del siglo veinte, cuando la ciencia era sólo cifras: el coeficiente de expansión de este metal, la frecuencia de aquel oscilador?

46. La cúpula es una suerte de arco en rotación. Diseño de Pier Luigi Ner-vi para el Palacio de los Deportes, Roma.

El meollo del asunto estriba en que nuestro concepto actual de ciencia, a fines del siglo veinte, ha cambiado radicalmente. Hoy en día concebimos la ciencia como una descripción y explicación de las estructuras subyacentes de la naturaleza; y palabras como estructura, diseño, plano, disposición, arquitectura aparecen constantemente cada vez que tratamos de hacer una descripción. Yo he vivido con esto, por casualidad, a lo largo de mi existencia, lo cual me produce un placer especial: el tipo de matemática que he realizado desde mi infancia es geométrico. Sin embargo, no se trata ya de una cuestión de gusto personal o profesional, puesto que hoy por hoy constituye el lenguaje cotidiano

de la explicación científica. Hablamos de cómo se unen los cristales, de cómo los átomos están formados por sus componentes y, sobre todo, de cómo las moléculas vivas están constituidas de sus partes. La estructura espiral del DNA se ha convertido en la imagen más vivida de la ciencia en los últimos años. Y esa imagen vive en estos arcos. ¿Qué hizo la gente que intervino en esta y otras construcciones ? Tomaron un montón de piedras inertes, que no constituyen una catedral, y le dieron la forma de ésta, explotando las fuerzas naturales de la gravedad, la propia naturaleza de la disposición de las capas de suelos, la brillante invención del contrafuerte volante y del arco, y así sucesivamente. Y crearon una estructura que surgió del análisis de la naturaleza, originando esta magnífica síntesis. El tipo de hombre que se interesa hoy por la arquitectura de la naturaleza constituye el equivalente de aquél que creó tal arquitectura hace casi ochocientos años. Entre otros dones que hacen único al hombre entre los animales, se destaca el que aquí podemos detectar por doquiera: el gran placer que experimenta al ejercitar y avanzar sus propias habilidades.

Un adagio popular en filosofía reza que la ciencia es análisis puro o reduccionismo, algo parecido a fragmentar el arco iris; y que el arte es síntesis pura, como el volver a unir los fragmentos del arco iris. Esto no es verdad. La imaginación parte del análisis de la naturaleza. Miguel Ángel afirmó esto vividamente, implícitamente, mediante su obra escultórica (notándose especialmente en las esculturas que dejó sin terminar) y que también expresó explícitamente en sus sonetos sobre el acto creativo.

Cuando aquello que es divino en nosotros intenta dar forma a un rostro, cerebro y mano se unen para dar, partiendo de mero modelo frágil y leve, vida a la piedra por la energía libre del Arte.

«Cerebro y mano se unen»: el material se impone a través de la mano, prefigurando la forma de la obra para el cerebro. Al igual que el albañil, el escultor persigue la forma dentro de la naturaleza, y para él ésta ya se encuentra ahí. Este principio es constante.

Los mejores artistas no intentan mostrar
lo que la dura roca en su cubierta no encierra:
romper el hechizo del mármol
es todo lo que la mano, sierva del cerebro, puede hacer.

47. "Romper el hechizo del mármol es todo lo que la mano, sierva del crebro, puede hacer." Cabeza de Bruto realiza­dor Miguel Ángel, Museo de Bargello, Florencia.

En la época en que Miguel Ángel esculpía la cabeza de Bruto, otros hombres se encargaban de extraer el mármol para él. Pero Miguel Ángel se había iniciado como cantero en Carrara, y aún sentía que el martillo en manos de ellos y en las suyas golpeaba la roca para extraer de ésta una forma que ya se encontraba allí.

Los canteros trabajan ahora en Carrara para los escultores modernos que vienen a este sitio: Marino Marini, Jacques Lipchitz y Henry Moore. Sus descripciones de la propia obra no son tan poéticas como la de Miguel Ángel, pero contienen el mismo sentir. Las reflexiones de Henry Moore son particularmente significativas en tanto se refieren al primer genio de Carrara.

Para empezar, como joven escultor, yo no podía comprar piedra cara, y conseguía la mía buscando en canteras, hasta que encontraba alguna que denominaban «inútil». Entonces tenía que pensar, en la misma forma en que debió haberlo hecho Miguel Ángel, de modo que debía esperar hasta que me viniera alguna idea que se ajustara a la forma de la piedra, es decir, una idea que se percibía en aquel bloque.

Por supuesto que no puede ser literalmente cierto que lo que el escultor imagina y esculpe ya se encuentra ahí, oculto en el bloque. Y, sin embargo, la metáfora es veraz en cuanto a la relación de descubrimiento que existe entre el hombre y la naturaleza; y es significativo que los filósofos de la ciencia (Leibniz en particular) hayan recurrido a la misma metáfora de la mente estimulada por una veta en el mármol. En cierto sentido, todo lo que descubrimos ya se encuentra ahí: tanto una figura esculpida como la ley de la naturaleza se hallan concentradas en el material bruto. Mientras que en otro sentido, lo que el hombre descubre es descubierto por él; no adquiriría exactamente la misma forma en manos de otro: ni la figura escultórica ni la ley de la naturaleza resultarían en copias idénticas al ser producidas por dos mentes distintas en dos épocas diferentes. El descubrimiento consiste en una relación aparejada de análisis y de síntesis. Como análisis, busca lo que está presente; mas como síntesis vuelve a unir las partes en una forma mediante la cual la mente creadora trasciende los límites desnudos, el esquele­to descarnado, que proporciona la naturaleza.

La escultura es un arte sensual. (Los esquimales elaboran estatuillas con la idea no de verlas sino de palparlas.) De modo que podría parecer extraño que yo elija como modelo de la ciencia, concebida generalmente como una empresa abstracta y fría, las cálidas acciones físicas de la escultura y de la arquitectura. No obstante, esto es válido. Debemos entender que el mundo sólo puede ser comprendido mediante la acción y no a través de la contemplación. La mano es más importante que el ojo. No pertenecemos a aquellas civilizaciones resignadas y contemplativas del Lejano Oriente o de la Edad Media, que creían que el mundo sólo debía ser contemplado y meditado, distantes del concepto de ciencia que nosotros profesamos. Somos activos; y sabemos con certeza (ver pág. 417), como algo más que un accidente simbólico en la evolución del hombre, que es la mano la encargada de conducir la evolución subsecuente del cerebro. Hallamos en la actualidad herramientas hechas por el hombre antes de convertirse en tal. En 1778, Benjamín Franklin denominó al hombre «animal hacedor de herramientas», y esto es verdad.

He descrito la mano cuando utiliza una herramienta como instrumento de descubrimiento; ese es el tema de este ensayo. Esto lo vemos cada vez que un niño aprende a acoplar su mano con un instrumento: atar los cordones de sus zapatos, enhebrar una aguja, volar una cometa, soplar un silbato. A la acción práctica se incorpora otra, que consiste en encontrar placer derivado de la misma acción; en la habilidad que uno perfecciona cada vez más como consecuencia del placer experimentado. Esto, en el fondo, es responsable de toda obra de arte, y también de la ciencia: nuestro deleite poético en lo que hacemos como seres humanos porque podemos hacerlo. El aspecto más estimulante de todo esto es que el uso poético termina dando resultados profundos. Incluso en la prehistoria, el hombre ya elaboraba herramientas más afiladas de lo necesario. El filo más fino habría de proporcionar un uso más fino de la herramienta, un refinamiento práctico y una extensión hacia procesos para los cuales la herramienta no había sido diseñada.

Henry Moore llamó a esta escultura «El filo del cuchillo». La mano es el filo de la mente. La civilización no es una colección de artefactos terminados, es la elaboración de procesos. Al final, la marcha del hombre es el refinamiento de la mano en acción.

El estímulo más poderoso en el ascenso del hombre es el placer que le proporciona su propia habilidad. Disfruta con hacer lo que puede hacer bien y, al haberlo hecho bien, disfruta haciéndolo mejor. Esto lo vemos en la ciencia. Esto lo apreciamos en la magnificencia con la que esculpe y construye, el cuidado escrupuloso, el entusiasmo, el desafío. Se supone que los monumentos están destinados a evocar reyes y religiones, héroes, dogmas; pero, a fin de cuentas, al hombre a quien conmemoran es al constructor.

48. La mano es el filo de la mente. Escultura, Henry Moore, 1962, "El filo del cuchi­llo en dos piezas".

Así, pues, la arquitectura de los templos de todas las civilizaciones proclama la identificación del individuo con la especie humana. Llamarla culto a los antepasados, como ocurre en China, es demasiado limitado. El hecho es que el monumento habla por el hombre muerto al hombre vivo, estableciendo, por tanto, un sentido de permanencia que es un enfoque típicamente humano: el concepto de que la vida humana forma una continuidad que trasciende y fluye a través del individuo. El hombre sepultado sobre su caballo o venerado en su barco en Sutton Hoo, se convierte, en los monumentos de piedra de épocas posteriores, en un vocero de la creencia de que existe la entidad del género humano, del cual cada uno de nosotros constituye un representante en la vida y en la muerte.

No podría terminar este ensayo sin dedicar una ojeada a mis monumentos favoritos, construidos por un hombre que no contaba con más equipo científico que el de un albañil gótico. Son las Torres de Watts, en Los Angeles, construidas por un italiano llamado Simón Rodia. Procedente de Italia, arribó a los Estados Unidos a la edad de doce años. Luego, a la edad de cuarenta y dos, habiendo trabajado instalando azulejos y haciendo toda clase de reparaciones, decidió construir en el jardín de su casa estas enormes estructuras, realizadas con alambre de gallinero, traviesas de ferrocarril, varillas de acero, cemento, conchas, fragmentos de vidrio, y, por supuesto, de azulejos; empleaba todo lo que encontraba o que le era traído por los niños del vecindario. Le costó treinta y tres años construirlas. Nunca tuyo quien le ayudara porque, afirmaba, «la mayor parte del tiempo yo mismo no sabía lo que iba a hacer». Terminó la obra en 1954; tenía entonces setenta y cinco años. Hizo entrega de la casa, del jardín y de las torres a un vecino y, sencillamente, se marchó.

49. Monumentos construi­dos por un hombre que no contaba con más equipo científico que el de un albañil gótico. Las Torres de Watts, Los Angeles. Detalle de un mosaico con relieves de he­rramientas. Y una vista parcial de las torres.

«Tenía en mente realizar algo grande», había dicho Simón Rodia, «y lo hice. Tienes que ser realmente muy bueno o muy malo para ser recordado». Había desarrollado su habilidad ingenieril en la práctica, trabajando y disfrutando en hacerlo. Por supuesto, el Departamento de Construcciones de la Ciudad determinó que las torres eran poco seguras y fueron sometidas a prueba en 1959. Esta es la torre que intentaron derribar. Y me alegra decir que fracasaron. Es así que las Torres de Watts, labor manual de Simón Rodia, han sobrevivido; un monumento del siglo veinte que nos remite a la habilidad simple, feliz, fundamental, de la cual medra todo nuestro conocimiento de las leyes de la mecánica.

La herramienta que alarga la mano del hombre es también un instrumento de visión. Revela la estructura de las cosas y hace posible el volver a unirlas en combinaciones nuevas y llenas de imaginación. Más, evidentemente, lo visible no constituye la única estructura del mundo. Debajo de esta, existe otra estructura más sutil. Y el siguiente paso en el ascenso del hombre será el de descubrir la herramienta que pueda abrir la estructura invisible de la materia.



LA COSECHA DE LAS ESTACIONES


2. LA COSECHA DE LAS ESTACIONES

20. La gran marejada de la civilización está apiña­da en unos pocos miles de años. Emigración de primavera de los baktiaritas, Mon­tañas Zagros, Persia.

La historia del hombre está dividida muy desigualmente. Por un lado se encuentra su evolución biológica: todas las etapas que nos separan de nuestros antepasados simios. Las cuales se prolongaron durante millones de años. Y por otro lado está la historia de su cultura: la gran marejada de la civilización que nos separa de las pocas tribus de cazadores del África que sobreviven o de los recolectores de alimentos de Australia. Y toda esta segunda laguna cultu­ral está de hecho apiñada en unos pocos miles de años. Se remonta solamente a unos doce mil años: algo más de diez mil años, pero mucho menos de veinte mil. A partir de este momento me concretaré a hablar acerca de estos últimos doce mil años, que contienen prácticamente todo el ascenso del hombre tal como lo entendemos ahora. Sin embargo, la diferencia entre los dos elementos —entre la escala de tiempo biológica y la cultural— es tan gran­de, que no puedo dejar de echarle una mirada retrospectiva.

Le tomó al hombre cuando menos dos millones de años, el cambiar de criatura oscura y pequeña con la piedra en la mano —el Australopithecus, en África Central— a su configuración moderna: el Homo sapiens. Esto constituye el paso de la evolución biológica, aunque la evolución biológica del hombre haya sido más rápida que la de cual­quier otro animal. Pero, para el Homo sapiens, ha tomado mucho menos de veinte mil años el dar origen a las criaturas que tanto usted como yo aspiramos ser: artistas y científicos, edificadores de ciudades y planificadores del futuro, lectores y viajeros, exploradores anhelantes del hecho natural y de la emoción humana, inmensamente más ricos en experiencia y en imaginación que cualquiera de nuestros ancestros. Este es el paso de la evolución cultural; una vez iniciado, avanza como el cociente de aquellos dos elementos: cuando menos cien veces más rápido que la evolución biológica.

Una vez iniciado: esta es la frase crucial. ¿Por qué comen­zaron tan recientemente los cambios culturales que han hecho al hombre amo de la Tierra? Hace veinte mil años que el hombre, donde quiera que se encontrase, era forrajea­dor y cazador, cuya técnica más avanzada era la de incorpo­rarse a un hato errante como todavía lo hacen los lapones. Hace diez mil años ya había cambiado y empezado, en ciertos lugares, a domesticar algunos animales y a cultivar algunas plantas; y este es el cambio a partir del cual la civilización despega. Resulta extraordinario pensar que sólo en los últimos doce mil años principió la civilización, tal como la entendemos. Tuvo que haber ocurrido una explo­sión extraordinaria hacia el año 10.000 a. de C. ...y la hubo. Pero fue una explosión silenciosa. Se trataba del fin de la última Glaciación.

Podemos detectar el aspecto y, valga la expresión, olfatear el cambio en algún paisaje glacial. La primavera en Islandia se repite a sí misma año tras año; pero hubo ocasión en que se expandió por toda Europa y Asia cuando los hielos se retrajeron. Y el hombre, que había pasado por dificultades increíbles, errado desde el África durante el último millón de años, luchado a través de las Glaciaciones, se encontró de pronto en tierra fértil y rodeado de animales, lo cual le hizo adoptar un estilo de vida diferente.

Esto es llamado generalmente «la revolución agrícola». Pero yo creo que es algo mucho más amplio: la revolución biológica. Hubo un entrelazamiento, una especie de salto entre el cultivo de plantas y la domesticación de animales. Y a través de ella se manifiesta la realización crucial de que el hombre domina su ambiente en el aspecto más importante, no físicamente sino al nivel de los seres vivos: plantas y animales. Al tiempo aparece una revolución social igualmente poderosa. Porque entonces se hizo posible —más que posible necesario— que el hombre se estableciera. Y esta criatura que había andado errante y emigrado durante un millón de años, habría de tomar una decisión crucial: dejar de ser nómada y convertirse en aldeano. Contamos con un registro antropológico de la lucha de conciencia de un pueblo que tomó tal determinación: el registro lo es la Biblia, el Antiguo Testamento. Creo que la civilización descansa en esa decisión. En cuanto a los pueblos que nunca se decidieron, quedan pocos sobrevivientes. Existen algunas tribus nómadas que todavía van, a través de vastas jornadas trashumantes, de un campo de pastoreo a otro: los baktiaritas en Persia, por ejemplo. Y realmente hay que viajar y vivir con ellos para comprender que la civilización no puede florecer nunca en la vida nómada.

Todo en la vida nómada es inmemorial. Los baktiaritas han viajado siempre solos, sin ser observados en absoluto. Como otros nómadas, se consideran a sí mismos una familia, los hijos de un solo padre fundador. (Del mismo modo que los judíos solían autonombrarse hijos de Israel o de Jacob.) Los baktiaritas adoptaron su nombre de un pastor legendario de la era mongólica: Baktiar. La leyenda de su propio origen y de su fundador, empieza así:

Y el padre de nuestro pueblo, el hombre de las colinas, Baktiar, surgió de la solidez de las montañas del Sur en tiempos remotos. Su simiente era tan numerosa como las rocas de las montañas; y su pueblo prosperó.

El eco bíblico suena y resuena conforme la leyenda avanza. El patriarca Jacob tenía dos esposas, a cada una de las cuales sirvió como pastor durante siete años. Comparemos la historia del patriarca de los baktiaritas:

La primera esposa de Baktiar tuvo siete hijos, padres de las siete líneas fraternas de nuestro pueblo. Su segunda esposa tuvo cuatro hijos. Y nuestros hijos habrán de tomar por esposas a las hijas, en las tiendas de sus padres y de sus hermanos, para que los rebaños y las tiendas se dispersen.

Al igual que para los hijos de Israel, los rebaños eran de vital importancia; no escapan a la mente del historiador (ni a la del consejero matrimonial) en ningún momento. Antes del año 10.000 a. de C, los pueblos nómadas solían seguir las migraciones naturales de los hatos silvestres. Pero las ovejas y las cabras no tienen migraciones naturales. Fueron domesticadas por primera vez hace cerca de diez mil años, el perro es el único animal que las precedió.

Y cuando el hombre las domesticó, se echó a cuestas la responsabilidad de la naturaleza; el nómada debe dirigir el hato indefenso.

El papel de la mujer en las tribus nómadas está escasamente definido. Sobre todo, la función de la mujer es producir hijos varones; demasiadas hijas acarrean una desgracia inme­diata, porque a la larga amenazan con desastres. Además de esto, sus deberes consisten en la preparación de alimentos y de ropa. Por ejemplo, la mujer baktiarita elabora el pan, a la usanza bíblica, en tortas ázimas sobre piedras calientes. Pero las mujeres y las niñas aguardan a que los hombres acaben de comer para hacer lo propio. Como la de los hombres, la vida de las mujeres se centra en el rebaño. Lo ordeñan y preparan con la leche un yogur grumoso, batiéndola en una bolsa de piel de cabra colocada en un marco rústico de madera. Poseen únicamente la tecno­logía simple que puede ser transportada en las jornadas cotidianas de un lugar a otro. La simplicidad no es románti­ca, es cuestión de supervivencia. Todo debe ser lo suficientemente ligero como para poder ser trasladado, armado cada noche y vuelto a empacar de nuevo cada mañana. Cuando las mujeres hilan la lana mediante sus artefactos sencillos y arcaicos, lo hacen para un uso inmediato, tan sólo para efectuar las reparaciones que son esenciales durante la jornada.

No es posible en la vida nómada el manufacturar cosas que no van a ser necesarias durante varias semanas. No podrían ser transportadas. Y, de hecho, los baktiaritas ignoran cómo hacerlas. Si necesitan recipientes de metal, realizan trueques con pueblos sedentarios o con artesanos gitanos especializados en metales. Un clavo, un estribo, un juguete o la campana de un niño son cosas que deben conseguirse fuera de la tribu. La vida de los baktiaritas está muy circunscrita para poseer el tiempo o la habilidad de especializarse. Las innovaciones no tienen cabida por falta de tiempo durante los desplazamientos, entre el atardecer y el amanecer, yendo y viniendo toda su vida, de desarrollar algún artefacto nuevo, algún pensamiento nuevo, ni siquiera alguna melodía nueva. Las únicas costumbres que prevalecen son las costumbres antiguas. La sola ambición del hijo es la de llegar a ser como el padre.

Es una vida sin cambios. Cada noche es el final de un día como el de ayer y cada mañana será el inicio de una jornada como la del día anterior. Al amanecer, hay una pregunta en la mente de cada uno de ellos: ¿Podrá el ganado atravesar el próximo paso escarpado? El más escarpado de todos los pasos deberá ser atravesado en algún día de la jornada. Se trata del paso de Zadeku, a cuatro mil metros de altura sobre el Zagros, el cual deberá cruzar o sortear el rebaño de alguna manera en sus cimas más elevadas. Para que la tribu pueda seguir adelante, los pastores deberán hallar nuevos pastizales cada día, porque, a esas alturas, los pastizales son consumidos en un solo día.

21. Las tribus nómadas todavía van, a través de vastas jornadas trashumantes, de un campo de pastoreo a otro. Poseen únicamente la tecnología simple que puede ser transportada en las jornadas cotidianas de un lugar a otro. Rebaño de ovejas y cabras que parten en la emigración de primavera, y una anciana baktiarita hilando lana.

Año tras año, los baktiaritas atraviesan seis cordilleras montañosas en el viaje de ida (y las vuelven a cruzar de regreso). Avanzan a través de la nieve y de los deshielos de primavera. Y se limita a un solo aspecto el avancé que ha experimentado su vida en diez mil años. Los nómadas baktiaritas de entonces tenían que viajar a pie y llevar a cuestas sus pertenencias. Sus descendientes ya cuentan con animales de carga —caballos, asnos, mulas— que son los únicos que han domesticado desde aquellos tiempos. No hay nada nuevo en sus vidas además de esto. Y nada es memorable. Los nómadas carecen de monumentos, ni aun para los muertos. (¿Dónde está Baktiar, dónde fue sepultado Jacob ?) Los únicos montículos que construyen son para marcar el camino en sitios como el Paso de las Mujeres, intrincado pero más accesible para los animales que los pasos escarpados.

La migración primaveral de los baktiaritas es una aventura heroica; empero, los baktiaritas no son tan heroicos como estoicos. Son resignados porque su aventura no les conduce a ninguna parte. Los pastizales de verano son, en sí mismos, un lugar de paso más: a diferencia de los hijos de Israel, para ellos no existe la tierra prometida. El jefe de la familia trabajó durante siete años, como hizo Jacob, para reunir un hato de cincuenta cabras y ovejas. Calcula perder diez de ellas durante la migración, si las cosas marchan bien. De no ocurrir así, podría llegar a perder hasta veinte de las cincuenta. Estas son las probabilidades de la vida nómada, año tras año. Y después de todo ello, al final de la jornada, no habrá más que una resignación inmensa y tradicional.

¿Quién sabe si, cualquier año, después de haber cruzado los pasos, podrán los ancianos enfrentarse con la prueba final: el cruce del río Bazuft? Tres meses de deshielo han hecho crecer el río. Los hombres de la tribu, las mujeres, los animales de carga y los rebaños están agotados. Llevará un día el conseguir que los rebaños crucen el río. Pero este es, aquí y ahora, el día de la prueba. Hoy es el día en que los adolescentes se convertirán en hombres, pues la supervivencia del hato y de la familia dependerá de su vigor. Atravesar el río Bazuft es como cruzar el Jordán; es el bautismo de la virilidad. Para el joven, la existencia cobra vida en ese momento; para el anciano... acaba.

¿Qué sucede con los ancianos cuando no pueden cruzar el último río? Nada. Quedan a la zaga hasta morir. El perro es el único sorprendido al ver a un hombre abandonado. El hombre acepta la costumbre nómada; ha llegado al término de su jornada y ya no hay sitio para él.

El paso más grande e importante en el ascenso del hombre es la transición de nómada a agricultor sedentario. ¿Qué la hizo posible? Seguramente, la voluntad del hombre; pero en conjunción con un acto secreto y extraño de la naturaleza. Con la expansión de nueva vegetación a raíz de la última Glaciación, apareció en el Medio Oriente un tipo nuevo de trigo híbrido. Eso ocurrió en muchos sitios: un lugar típico es el antiguo oasis de Jericó.

Jericó es anterior a la agricultura. Sus primeros pobladores se establecieron aquí durante la primavera en este, de otra manera desolado suelo, del cual sus habitantes recolectaban trigo, aunque no sabían todavía cómo sembrarlo. Esto lo sabemos porque fabricaron herramientas para la cosecha silvestre, y eso constituye un extraordinario acto de anticipación. Manufacturaban hoces de pedernal que aún se conservan; John Garstang las descubrió cuando realizaba excavaciones en este sitio por los años treinta. El mango de esta hoz arcaica podría haber sido un pedazo de cuerno de gacela o de hueso.

22. Los primeros poblado­res de Jericó recolecta­ban trigo, aunque no sabían todavía cómo sembrarlo. Fabricaban herramientas para la cosecha silvestre. Hoz combada, 4.° milenio a. de C., Israel. Las nava-jai de pedernal de la hoz se pegaban con betún a un mango de cuerno.

No ha perdurado, arriba en las colinas o en sus laderas, el tipo de trigo silvestre que recolectaron los primeros habitantes de este lugar. Pero los pastizales que aún siguen aquí deben parecerse mucho al trigo hallado por ellos, el cual recogían por primera vez a mano llena y segaban con ese movimiento de sierra de la hoz que han seguido ejecutando sus descendientes en los diez mil años subsecuentes. Esta fue la civilización natuciana preagrícola. Y, evidentemente, no podía durar. Estaba a punto de convertirse en agricultura. Y éste fue el siguiente acontecimiento que tuvo lugar en la zona de Jericó.

El punto crítico en la expansión de la agricultura en el Viejo Mundo fue casi con seguridad la aparición de dos tipos de trigo con espigas grandes completamente llenas de semillas. Antes del año 8000 a. de C, el trigo no era, como ahora, una planta lozana; era solamente una de las muchas hierbas silvestres que proliferaban por todo el Oriente Medio. A causa de algún accidente genético, el trigo silvestre se cruzó con la planta llamada rompesacos, dando forma a un híbrido fértil. Tal accidente debió ocurrir en muchas ocasiones a la vegetación naciente surgida a partir de la última Glaciación. En términos del mecanismo genético que regula el crecimiento, se combinaron los catorce cromosomas del trigo silvestre con los catorce del rompesacos, originando la variedad Emmer, de veintiocho cromosomas, dando como resultado que esta variedad fuese mucho más robusta. Este híbrido pudo difundirse de manera natural, porque sus semillas están unidas a la raspa en forma tal que hace posible su dispersión por el viento.

23. El punto crítico en la expansión de la agricultura en el Viejo Mundo fue casi con seguridad la aparición de dos formas híbridas de trigo. Perfolla escandía del trigo y granos desnudos de trigo; cabezas maduras de trigo; y perfolla al ser removida del grano.

Que tal híbrido sea fértil es raro, aunque no singular entre las plantas. Pero ahora la historia de la vida de esta fértil planta que siguió a las glaciaciones resulta más sorprendente. Ocurrió un segundo accidente genético, debido tal vez a que la Emmer ya era cultivada. La Emmer se cruzó con otra variedad natural de rompesacos y produjo un híbrido de incluso mayores dimensiones con cuarenta y dos cromosomas: el trigo del pan. Esto, de por sí, era muy improbable, pues sabemos ahora que el trigo del pan no hubiera podido ser fértil a menos que sufriera una mutación genética específica en un cromosoma.

24. Antes del año 8000 a. de C, el trigo era una de muchas hierbas sil­vestres. Trigo silvestre, Triticum monococcum.

Empero, hay algo todavía más extraño. Contamos en la actualidad con una bella espiga de trigo, que nunca esparcería su simiente por el viento ya que es sumamente compacta y difícil de romper. Y si yo la rompo, por qué, la granza vuela y cada grano cae exactamente donde creció. Permítaseme recordar que es completamente diferente del trigo silvestre o la del híbrido primitivo, el Emmer. En aquellas formas primitivas la espiga es mucho más abierta y, si se rompe, un efecto muy diferente tiene lugar: se consiguen granos que vuelan con el viento. Los trigos del pan han perdido esa habilidad. Repentinamente, el hombre y la planta están juntos: el hombre cuenta con el trigo del cual se alimenta, pero el trigo también piensa que el hombre fue hecho para él porque sólo así puese propagarse. Pues los trigos del pan se pueden multiplicar únicamente mediante ayuda; el hombre debe cosechar las espigas y esparcir las semillas; y la vida de cada cual, hombre y planta, depende de la otra. Esto constituye un auténtico cuento de hadas de la genética, como si el arribo de la civilización hubiese sido bendecido anticipadamente por el espíritu del abad Gregor Mendel.

Una conjunción feliz de acontecimientos naturales y humanos creó la agricultura. Esto ocurrió en el Viejo Mundo hace aproximadamente diez mil años en la zona fértil del Oriente Medio. Pero seguramente ocurrió en más de una ocasión. Es casi seguro que la agricultura fue inventada de nuevo e independientemente en el Nuevo Mundo, o al menos eso creemos por la evidencia que tenemos de que el maíz necesita al nombre como el trigo. En cuanto al Oriente Medio, la agricultura se difundió irregularmente en sus declives montuosos, de los cuales la cuesta que va del Mar Muerto a Judea, la región que circunda a Jericó, es a lo sumo un lugar característico y nada más. En sentido literal, la agricultura parece haber tenido inicios diversos en esta zona, algunos de ellos anteriores a Jericó.

Sin embargo, Jericó posee varias características que la hacen históricamente única y le confieren un valor simbólico propio. A diferencia de otros pueblos que han sido olvidados, este es monumental, más antiguo que la Biblia, capa histórica sobre capa histórica, una ciudad. La antigua ciudad de agua dulce de Jericó era un oasis al borde del desierto, cuyo manantial ha fluido desde los tiempos prehistóricos hasta la ciudad moderna que es en la actualidad. Aquí brotaron conjuntamente el trigo y el agua y, desde ese punto de vista, aquí comenzó el hombre la civilización. También a este sitio, procedentes del desierto, arribaron los beduinos con sus rostros oscuros y velados y contemplaron con desconfianza un nuevo estilo de vida. Es por eso que Josué trajo aquí a las tribus de Israel en su peregrinar hacia la Tierra Prometida, pues el trigo y el agua son forjadores de civilización: son promesa de tierra abundante en leche y miel. El trigo y el agua convirtieron aquella desolada colina en la ciudad más antigua del mundo.

De pronto, Jericó se vio transformada. Llegó gente, y pronto fue la envidia de sus vecinos, obligando a sus habitantes a fortificarla —convirtiéndola en una ciudad amurallada— y a construir una torre espléndida, hace nueve mil años. Nueve metros atraviesan su base y, en correspondencia, tiene casi nueve de profundidad. A un costado de ella, las excavaciones han descubierto capa tras capa de civilización pretérita: los hombres de la primera época pre-cerámica, los hombres de la siguiente época pre-cerámica, el inicio de la • cerámica hace siete mil años; la primera edad del cobre, la primera del bronce y la segunda de este metal. Cada una de estas civilizaciones llegó, conquistó Jericó, la sepultó y volvió a construirla; es así que la torre no está situada bajo quince metros del suelo cuanto bajo quince metros de civilizaciones del pasado.

Jericó es un microcosmo de historia. Se encontrarían otros sitios en años venideros (ya se han descubierto algunos nuevos importantes), los cuales cambiarán la imagen que tenemos de los inicios de la civilización. Sin embargo, este lugar tiene el poder de proporcionar la visión que contempla el ascenso del hombre moderno y que es igualmente profunda en pensamiento y en emoción. Cuando yo era joven, todos creíamos que la superioridad humana era producto del dominio del hombre sobre su ambiente físico. Ahora hemos comprendido que la auténtica superioridad se deriva del entendimiento y moldeamiento del medio en que se vive. Es así como el hombre comenzó en la zona fértil de Jericó, cuando puso su mano en las plantas y en los animales y, al aprender a convivir con ellos, cambió el mundo de acuerdo con sus necesidades. Cuando Kathleen Kenyon redescubrió la arcaica torre en los años cincuenta, encontró que estaba hueca; y, para mí, esta escalera consti­tuye una suerte de mirilla en la base de la roca de la civiliza­ción. Y la base de la roca de la civilización es el ser vivo, no el mundo físico.

25. Jericó es monumental, más antigua que la Bi­blia, capa histórica so­bre capa histórica, una ciudad. De excavaciones en Jeri­có: ladrillo con grabados; estatua de amantes, de cuarcita; cráneo decorado con conchas; la torre de Jericó. Su construcción es de piedra y anterior a 1000 a. de C. La reja de metal moderna cubre el acceso a la torre.

26. Una multiplicidad de artificios pequeños y sutiles tan importantes en el ascenso del hom­bre como cualquier apa­rato de física nuclear. Carpintero trabajando una figura de madera con una sierra. Grecia, siglo VI a. de C. Clavo de arci­lla decorado, sumerio, 2400 a. de C. Horno de panadero con panes. Mo­delo de arcilla. Islas grie­gas, siglo VII a. de C. Juguete griego en forma de mono que machaca aceitunas en un mortero. Anciano con una prensa vinícola. Modelo de terra­cota, período romano.

Hacia el año 6000 a. de C, Jericó era un gran poblado agrícola. Kathleen Kenyon considera que albergaba a tres mil habitantes y que su extensión dentro de las murallas era de cuatro a cinco hectáreas. Las mujeres solían moler el trigo por medio de pesados instrumentos de piedra carac­terísticos de una comunidad sedentaria. Los hombres daban forma, amasaban y moldeaban la arcilla para hacer ladrillos de construcción, algunos de los primeros que se conocen. Las huellas de los pulgares de los ladrilleros aún están allí. El hombre, como el trigo del pan, se ha establecido en este lugar. Una comunidad sedentaria tiene también una relación diferente con los muertos. Los habitantes de Jericó preservaban algunos cráneos y los cubrían con vistosas deco­raciones. Nadie sabe el porqué, a no ser que fuese un acto reverencial.

Nadie cuya formación haya estado imbuida del Antiguo Testamento, como lo fui yo, puede abandonar Jericó sin formular dos preguntas: ¿Destruiría finalmente Josué esta ciudad?, ¿se derrumbaron realmente sus muros? Estas son las incógnitas que atraen a tanta gente a este sitio y que lo convierten en una leyenda viviente. La primera pregunta tiene una respuesta fácil: Sí. Las tribus de Israel luchaban por adentrarse en la zona fértil que va desde la costa mediterránea, atraviesa las montañas de Anatolia y desciende hasta las riberas del Tigris y del Eufrates. Y aquí en Jericó se hallaba la llave que cerraba el. acceso a las montañas de Judea y a las fértiles tierras mediterráneas. Tenían, pues, que conquistar Jericó y lo hicieron hacia el año 1400 a. de C, es decir, hace aproximadamente tres mil trescientos o tres mil cuatrocientos años. La historia bíblica no fue escrita probablemente sino hasta, tal vez, el año 700 a. de C.; o sea, que la primera evidencia escrita data de cerca dedos mil seiscientos años.

Pero, ¿se derrumbaron los muros de Jericó? No lo sabemos. No existe en este sitio evidencia arqueológica que sugiera que un conjunto de muros, un buen día, se viniera abajo. Pero muchos conjuntos de muros, en épocas distintas, se vinieron abajo. Existió aquí una Edad de Bronce en la cual hubo que reconstruir —cuando menos dieciséis veces— un conjunto de muros. Porque esta es una zona sísmica.

Todavía en la actualidad se registran temblores todos los días; y en cada siglo sobrevienen cuatro terremotos intensos. Solamente en los últimos años nos hemos podido expli­car la causa de los terremotos a lo largo de este valle. El Mar Rojo y el Mar Muerto se ubican a continuación del Valle del Gran Risco del África Oriental. Aquí, dos de las plataformas que sostienen los continentes al flotar sobre la capa terrestre más densa, corren paralelamente. Al estar tan unidas, se empujan mutuamente a través del risco y la superficie de la tierra refleja el eco de estos choques provenientes de las capas internas. Como resultado de esto, se han registrado siempre movimientos telúricos a lo largo del eje del Mar Muerto. Y yo considero que esta es la razón por la cual la Biblia consigna tantos milagros naturales: diversas inundaciones antiguas, el descenso de las aguas del Mar Rojo, el desecamiento del Jordán y el desplome de las murallas de Jericó.

La Biblia es una historia peculiar, parcialmente folklórica y parcialmente veraz. La historia, naturalmente, la escriben los vencedores, y los israelitas, cuando irrumpieron a través de este lugar, se convirtieron en portadores de la historia. La Biblia es su historia: la historia de un pueblo que tuvo que dejar de ser nómada y pastoral para convertirse en una tribu agrícola.

La agricultura y la ganadería pueden parecer simples búsquedas, pero la hoz natuciana nos demuestra que ninguna de ellas permanece estática. Cada etapa en la domesticación de plantas y animales requiere de invenciones que comienzan por ser artefactos técnicos de los cuales se derivan principios científicos. Los dispositivos básicos producto de una mente con dedos hábiles pasan inadvertidos en cualquier aldea del mundo. Su multiplicidad de artificios pequeños y sutiles es tan ingeniosa, y en un profundo sentido tan importante en el ascenso del nombre, como cualquier aparato de física nuclear: la aguja, la alesna, el recipiente, el brasero, la espada, el clavo y el tornillo, el fuelle, la cuerda, el nudo, el telar, el arnés, el gancho, el botón, el zapato..., y uno podría mencionar un centenar sin pararse a respirar. La riqueza estriba en la interrelación de los inventos; una cultura es una multiplicación de ideas, en la cual cada artefacto nuevo acelera y engrandece el poder de los restantes.

La agricultura sedentaria crea una tecnología de la que se nutre todo lo físico y todo lo científico. Esto lo podemos apreciar observando la diferencia entre la hoz primitiva y la más reciente. A primera vista, son muy parecidas: la hoz del recolector de hace diez mil años, y la de nueve mil años de antigüedad, cuando ya se cultivaba el trigo. Pero mirémosla más de cerca. El trigo cultivado debe segarse con un borde serrado: porque si se golpea el trigo, los granos caerán al suelo; pero si es segado con suavidad, los granos no se desprenderán do la espiga. Y a partir de entonces la hoz ha conservado esta característica; y hasta en mi infancia, durante la Primera Guerra Mundial, la combada hoz de serrado borde era todavía el instrumento empleado para segar el trigo. Una tecnología como ésta, un conocimiento físico como éste, llega hasta nosotros como elemento integral de la vida agrícola, de una manera tan espontánea, que podría pensarse que las ideas descubren al hombre y no a la inversa.

La invención más sobresaliente en toda agricultura es, por supuesto, el arado. Nuestra imagen de éste consiste en una cuña que divide el suelo. Y la cuña es un invento mecánico primitivo importante. Pero el arado es algo mucho más trascendente: es una palanca que levanta el suelo y se encuentra entre las primeras aplicaciones del principio de la palanca. Cuando, mucho tiempo después, Arquímedes explicaba a los griegos la teoría de la palanca, afirmaba que con un punto de apoyo para la palanca, él podría mover la Tierra. Pero miles de años antes, los agricultores del Oriente Medio solían afirmar: «Dadme una palanca y alimentaré la Tierra».

27. Dadme una palanca y alimentaré la tierra. Arado de bueyes con ar­nés, Egipto.

28. La rueda y el eje se constituyen en la raíz doble a partir de la cual brotó la inventiva. Modelo en cobre de un ca­rro romano de guerra. Mesopotamia, 2800 a. de C. Mosaico romano de una carreta con ruedas só­lidas.

Ya he hecho notar que la agricultura fue inventada cuando menos en otra ocasión, mucho tiempo después, en América. Pero el arado y la rueda no lo fueron, porque ambos dependen del animal de tiro. El siguiente paso a partir de la agricultura rudimentaria en el Oriente Medio fue la domesticación de los animales de tiro. La ausencia de este adelanto biológico mantuvo al Nuevo Mundo confina­do al nivel de la estaca para cavar y el morral; y ni siquiera acertó con la rueda del alfarero.

La primera rueda encontrada se remonta a algo más de 3000 años a. de C, en lo que actualmente corresponde a la Rusia meridional. Estos primeros hallazgos correspon­den a sólidas ruedas de madera unidas a una especie de balsa o trineo de carga, de mayor antigüedad, convertido, por tanto, en carro. Desde ese momento, la rueda y el eje se constituyen en la raíz doble a partir de la cual crece la inventiva. Es convertida, por ejemplo, en instrumento para moler el trigo, utilizando para ello las fuerzas de la naturaleza: la fuerza animal primero, las fuerzas del viento y del agua después. La rueda se convierte en modelo de todos los movimientos de rotación, en una norma de expli­cación y en el símbolo celestial de un poder superior al humano tanto 'en la ciencia como en el arte. El sol es una carroza y el cielo mismo es una rueda desde el tiempo en que los babilonios y los griegos plasmaron los movimien­tos de los astros en mapas celestes. El movimiento natural en la ciencia moderna (o sea el movimiento libre) va en línea recta; pero para la ciencia griega, la forma de movi­miento que parecía natural (es decir, inherente a la naturale­za) y de hecho perfecta, era el movimiento circular.

Hacia el año 1400 a. de C, más o menos en la época en que Josué tomó Jericó, los ingenieros mecánicos de Sumeria y Asia convertían la rueda en una polea para extraer agua. Al mismo tiempo diseñaban sistemas de irrigación en gran escala. Los pozos de mantenimiento siguen utilizándose como puntos de referencia a lo largo del territorio persa. Cuentan éstos con cien metros de profundidad, hasta conectarse con los canales subterráneos que constituyen el sistema, en un nivel en el cual el agua natural está a resguardo de la evaporación. Tres mil años después de la construcción de estos sistemas, las aldeanas de Khuzistán siguen extrayendo su ración diaria de agua de los pozos para continuar con las faenas tradicionales de la antigua comunidad.

Los canales subterráneos son una construcción tardía de una civilización citadina e implican la existencia a la sazón de leyes reguladoras de los derechos del agua y de la tenencia de la tierra y otras relaciones sociales. En una comunidad agrícola (en una hacienda agrícola en gran escala de Sumeria, por ejemplo) el régimen de justicia tiene un carácter distinto del de la comunidad nómada que sólo juzga el robo de una cabra o de una oveja. La estructura social comprende ahora la reglamentación de asuntos que afectan a la comunidad como un todo: el acceso a la tierra, la vigilancia y el control de los derechos de riego y el derecho a usar, una y otra vez, las preciadas instalaciones de las que depende la cosecha de las estaciones.

29. El torno de arco consti­tuye un patrón clásico para convertir el movi­miento lineal en rotato­rio. Mediados del siglo XIX; carpinteros trabajando con un lomo de arco, India central.

El artesano de aldea se convierte ahora en inventor por derecho propio. Combina los principios mecánicos básicos en herramientas más complejas que se convierten, efectiva­mente, en máquinas primitivas. Estas son tradicionales en el Oriente Medio: el torno de arco, por ejemplo, que constituye un patrón clásico para convertir el movimiento lineal en rotatorio. Su diseño depende, ingeniosamente, de una cuerda enrollada alrededor de un tambor y cuyas puntas están atadas a los extremos de una especie de arco de violín. La pieza de madera que va a ser trabajada se fija en el tambor; se la hace girar moviendo el arco hacia atrás y hacia adelante, de modo que la cuerda hace rotar el tambor que sostiene la pieza de madera, la cual se va modelando con un cincel. Este aparato data de varios miles de años, pero yo lo vi usado por gitanos que elaboraban patas de sillas en un bosque de Inglaterra en 1945.

Una máquina es un artefacto con que se aprovecha el poder de la naturaleza. Esto es aplicable tanto en el huso rústico que emplean las baktiaritas como en el histórico primer reactor nuclear y toda su secuela. Sin embargo, al evolucionar, la máquina ha requerido de fuentes de ener­gía mayores, por lo que día a día se aleja más de su empleo natural. ¿Cómo es que la máquina, en su forma moderna, nos parece ahora una amenaza?

Esta inquietante pregunta está ligada al poder potencial de la máquina. Podemos plantear mejor la cuestión en forma de alternativas: ¿Está el poder de la máquina a escala del trabajo para el cual fue proyectada o es éste tan despro­porcionado que puede dominar al usuario y distorsionar el uso? La pregunta nos conduce evidentemente al pasado remoto; se inicia cuando por primera vez el hombre colocó un arnés sobre un poder superior al suyo: el poder de los animales. Toda máquina es una suerte de animal de tiro, aun el reactor nuclear. Incrementa el potencial que el hombre obtuvo de la naturaleza desde la aparición de la agricultura. Y, en consecuencia, toda máquina replantea el dilema original: ¿proporciona la máquina la energía en respuesta a la demanda de su uso específico o es una fuente de energía salvaje más allá de los límites del uso constructi­vo? Este conflicto en la escala de la potencia se encuentra a todo lo largo del camino formativo de la historia humana.

La agricultura es una parte de la revolución biológica; la domesticación y el aparejo de los animales es la otra. La secuencia de la domesticación es ordenada. Primero apa­rece el perro, posiblemente antes del año 10.000 a. de C. Después, los animales comestibles, comenzando con las cabras y las ovejas. Y posteriormente vinieron los animales de tiro tales como el onagro, una especie de asno silvestre. Los animales producen un excedente mayor que su propio consumo. Pero esto es sólo verdad en la medida en que los animales permanezcan modestamente en su propio nivel, como servidores de la agricultura.

Parecía poco probable que el animal doméstico se llegase a convertir por sí mismo, a partir de entonces, en una amenaza para el excedente de grano del cual vive y sobrevive una comunidad establecida. Era de lo más inesperado, puesto que, después de todo, el buey y el asno, como animales de tiro, habían ayudado a crear este excedente. (El Antiguo Testamento insiste cuidadosamente en que se les dé buen trato; por ejemplo, prohibe al agricultor que coloque en la misma yunta a un buey y un asno para arar juntos, ya que éstos trabajan de manera distinta.) Mas hace aproximadamente cinco mil años, aparece un nuevo animal de tiro: el caballo. Y, sin punto de comparación, es más rápido, más fuerte y superior a cualquier animal precedente. Y a partir de ese momento se convierte en amenaza al excedente alimenticio de la aldea.

El caballo empezó como el buey, arrastrando carretas; pero con más categoría, tirando de las carrozas en los desfiles reales. Y entonces, alrededor del año 2000 a. de C, el hombre descubrió cómo matarlo. La idea debió ser tan inquietante en su época como en su día la de la invención de la máquina voladora. Entre otras cosas se requería de un caballo más grande y más fuerte (el caballo era originalmente un animal mucho más pequeño y, como la llama de Sudamérica, no podía soportar el peso de un hombre por mucho tiempo). Las tribus nómadas que criaban caballos fueron, consecuentemente, las primeras en montarlos formalmente. Eran hombres procedentes del Asia Central, Persia, Afganistán y más allá; en Occidente eran llamados simplemente escitas, nombre colectivo para denominar a una criatura nueva y aterradora, un fenómeno de la naturaleza.

Porque el jinete es visiblemente más que un hombre: su cabeza sobresale sobre las de los otros y se mueve con tal poder que atemoriza al mundo viviente. Cuando las plantas y los animales de la aldea fueron domesticados para el uso humano, el montar a caballo se convertía en algo más que un gesto humano: el acto simbólico del dominio sobre todo lo creado. Sabemos de esto a través del asombro y el pánico que volvería a sembrar el caballo en tiempos históricos, al destruir la caballería española a las tropas peruanas (que nunca habían visto un caballo) en 1532. Así, pues, mucho tiempo antes, los escitas eran el terror que arrasaba los países que desconocían la técnica de montar. Cuando los griegos vieron a los jinetes escitas creyeron que caballo y jinete eran un solo ser; así es como éstos inventaron la leyenda del centauro. Por cierto que el otro híbrido parcialmente humano producto de la imaginación griega, el sátiro, no era originalmente mitad cabra sino mitad caballo; tan profunda era la inquietud que evocaba esta rápida criatura procedente de Oriente.

30. Las hordas móviles transformaron la orga­nización de la batalla. Caballería mogólica de al-Tawarikh de Jami, «La Historia del Conquistador del Mundo», terminada en 1306 d. de C. por Ras-hid ai-Din, visir y cronis­ta de Oljeitu Khan. Tropas vadeando un río durante la invasión de los mogoles en la India.

31. Cuando los griegos vieron a los jinetes esci­tas creyeron que caba­llo y jinete eran un solo ser; así inventaron éstos la leyenda del centauro. Vasija griega pintada, año 560 a. de C. Centauros y un guerrero armándose.

No nos sería posible recapturar hoy día el terror que causó la aparición del caballo montado en el Oriente Medio y en la Europa Oriental. Y esto es porque existe una diferen­cia de escala que sólo puedo comparar con la llegada de los tanques a Polonia en 1939, arrasando todo lo que tenían delante. Considero que la importancia del caballo en la historia de Europa ha sido siempre subestimada. En cierto sentido, la guerra se creó mediante el caballo, como una actividad nómada. Eso fue lo que trajeron los hunos, eso fue lo que trajeron los frigios y, finalmente, los mogoles, y fue llevada a un climax bajo Gengis Khan, mucho tiempo después. De manera particular, las hordas móviles transfor­maron la organización de la batalla. Concibieron una estrate­gia bélica diferente: una estrategia parecida a un juego bélico; ¡cómo gustan de jugar los hacedores de guerras!

La estrategia de la horda móvil depende de la maniobra, de la comunicación y de movimientos tácticos practicados que puedan amalgamarse en secuencias sorpresivas diferen­tes. Evocan estos juegos de guerra, que todavía se practican y que provienen del Asia, el ajedrez y el polo. La estrategia bélica ha sido siempre vista como un juego por aquellos que ganan las guerras. Y todavía hasta nuestros días se practica en Afganistán un juego llamado Buz Kashi, que se deriva de una especie de competición ecuestre llevada a cabo por los mogoles.

Los hombres que juegan el Buz Kashi son profesionales, es decir, perciben honorarios; y tanto ellos como los caballos son entrenados y retenidos simplemente por el lauro de la victoria. En cierta gran ocasión, trescientos hombres de distintas tribus se reunieron para competir, lo cual no había ocurrido en los últimos veinte o treinta años, hasta que nosotros lo organizamos.

32. Todavía hasta nuestros días se practica en Afga­nistán un juego llamado Buz Kashi, que se deriva de una especie de competi­ción ecuestre llevada a cabo por los mogoles.

En el juego de Buz Kashi, los contendientes no forman equipos. El objeto del juego no es probar que un grupo es mejor que otro, sino encontrar un campeón. Existen campeones famosos del pasado que todavía se recuerdan. El presidente que supervisó este juego es un campeón retirado. El presidente transmite sus órdenes a través de un heraldo, quien puede ser también un jugador retirado, aunque menos distinguido. Donde esperaríamos ver una pelota, nos hallamos con un novillo decapitado. (Y este macabro juguete nos indica algo acerca del juego, tal como si los jinetes estuviesen divirtiéndose con la subsistencia de los granjeros.) El cadáver pesa aproximadamente treinta kilos, y el objeto del juego es asirlo, defendiéndolo de todos los adversarios, y cargarlo durante dos etapas. La primera de éstas consiste en cargar con el cadáver hasta la meta señalada con una bandera y darle la vuelta a la misma. Después, la etapa crucial es el regreso; cuando el jinete gira alrededor de la bandera, constantemente desafiado, y se encamina a la meta de salida, la cual es un círculo marcado en el centro de la multitud.

El juego va a ser ganado por un solo gol, por lo que no hay cuartel. No se trata de un evento deportivo; en las reglas no se encuentra ninguna indicación acerca de la limpieza en el juego. Las tácticas son puramente mogólicas, una disciplina violenta. Lo más asombroso del juego es precisamente lo que confundía a los ejércitos que se enfrentaban a los mogoles: lo que semeja un zipizape feral es en realidad una maniobra que se disuelve repentinamente cuando el triunfador se aproxima a la meta.

Uno tiene la sensación de que la multitud se halla mucho más excitada y conmovida que los propios contendientes. Estos, en contraste, parecen interesados aunque fríos; cabalgan con una intensidad brutal y brillante; pero no les subyuga el juego sino la victoria. Sólo después de la contienda, el ganador se deja llevar por la emoción. Debió de haber pedido al presidente que reconociese su triunfo, y por olvidar esta norma del protocolo, pudo haber perdido el juego. Qué bueno es saber que el triunfo ha sido reconocido.

33. En la página iluminada se encuentra la dedicatoria a Oljeitu de un manuscrito del Corán fechado en 1310. -- La escarpada, ventisco­sa e inhóspita meseta del Sultaniyeh en Persia, donde terminó el último intento por ha­cer de la vida nómada la forma suprema de ésta. La tumba de Oljeitu Khan, quinto en la línea de Gengis Khan, quien reinó de 1304 a 1316 en las tierras persas del impe­rio mogol.

El Buz Kashi es un juego bélico. Lo que lo hace electrizante es la ética del jinete: cabalgar es una acción guerrera. Esta expresa la cultura monomaníaca de la conquista; el depredador posa como un héroe porque cabalga el torbellino. Pero el torbellino está vacío. Caballo o tanque, Gengis Khan o Hitler o Stalin, el torbellino sólo puede subsistir del trabajo de otros hombres. El nómada, en su último papel histórico como hacedor de guerras es un anacronismo y, peor aún, en un mundo que ha descubierto en los últimos doce mil años que la civilización la realizan los pueblos sedentarios.

A través de todo este ensayo se hace patente el conflicto entre los estilos de vida nómada y sedentario. Así, es adecua­do a guisa de epitafio ir a la escarpada, ventiscosa e inhóspita meseta del Sultaniyeh en Persia, donde terminó el último intento de la dinastía mogólica de Gengis Khan por hacer de la vida nómada la forma suprema de ésta. Él caso es que la invención de la agricultura, doce mil años atrás, no estableció ni confirmó, por sí misma, la forma sedentaria de vida. Por el contrario, la domesticación de animales que vino con la agricultura daría nuevo vigor a las economías nómadas: la domesticación de ovejas y cabras, por ejemplo, pero muy especialmente la posterior doma del caballo. Fue éste el que diera a las hordas mogólicas de Gengis Khan el poder y la organización para la conquista de China y de los estados musulmanes, y así alcanzar las puertas de Europa central.

Gengis Khan fue un nómada y el inventor de una podero­sa maquinaria bélica; y esta conjunción destaca algo impor­tante sobre los orígenes de la guerra en la historia humana. Es por supuesto tentador el cerrar los ojos a la historia y especular en cambio acerca de los orígenes de la guerra, con base en algún posible instinto animal: como si, al igual que el tigre, tuviésemos todavía que matar para sobre­vivir, o, como el petirrojo, para defender el territorio nidal. Mas la guerra, la guerra organizada, no es un instinto humano. Es una forma de robo altamente planificada y coordinada. Y este sistema de robo se inició hace diez mil años, cuando los agricultores de trigo acumularon exce­dentes y los nómadas surgieron del desierto para robarles algo de lo que ellos mismos no podían proveerse. Hemos visto pruebas de lo anterior en la ciudad amurallada de Jericó y en su torre prehistórica. Este es el comienzo de la guerra.

Gengis Khan y su dinastía mogólica habían de traer esa forma de vida bandolera al segundo milenio. De los años 1200 a 1300 a. de C, realizaron una intentona casi final por establecer la supremacía del ladrón improducti­vo, el que, de manera cobarde, arrebata al campesino (quien no tiene adonde huir) las reservas que acumula la agricultura.

No obstante, ese intento fracasó. Y fracasó porque, a fin de cuentas, no les quedaba otro recurso a los mogoles que el adoptar el estilo de vida del pueblo conquistado. Cuando hubieron conquistado a los musulmanes, se convirtieron en musulmanes. Se tornaron sedentarios, porque el robo y la guerra no son un estado permanente que pueda ser sostenido. Por supuesto, los restos de Gengis Khan eran todavía transportados y tratados como una reliquia por los ejércitos en el campo de batalla. Pero su nieto Kublai Khan era ya un monarca constructivo y sedentario en China; recordad el poema de Coleridge:

Kubla Khan en Xanadu,
cúpula soberbia construyó.

El quinto heredero en la sucesión de Gengis Khan fue el sultán Oljeitu, quien arribara a esta meseta prohibida de Persia para edificar una nueva gran ciudad capital: Sulta-niyeh. Lo único que persiste de ésta es su propio mausoleo, inspiración posterior para buena parte de la arquitectura musulmana. Oljeitu fue un monarca liberal que atrajo a este lugar a gente de todas partes del mundo. El mismo fue cristiano, después budista y, finalmente, musulmán, y en esta corte intentó firmemente establecer una corte universal. Esta fue la única aportación del nómada a la civilización: reunió las culturas de los cuatro rincones del mundo, las fundió, y las envió de nuevo a fertilizar la tierra.

Resulta irónico que al final de la tentativa por el poder aquí, por parte de los mogoles nómadas, al morir Oljeitu, se le conociera como Oljeitu el Constructor. El hecho es que la agricultura y el estilo sedentario de vida eran ya pasos firmes en el ascenso del hombre y habían establecido un nivel nuevo, para dar forma a la armonía humana que había de fructificar en el futuro mediato: la organización de la ciudad.